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Clase N° 1 dictada el 16 de abril de 2001



“Los modos de la práctica analítica”, clase N° 1 dictada el 16 de abril de 2001


Comienzo, como siempre, explicando la razón de este título del programa y de cómo se van a desplegar los temas a lo largo del año. En primer lugar, ¿por qué “modos de la práctica analítica”?
Cuando se me ocurrió la idea de “modos” -y ya el año pasado habíamos hablado de modos del sufrimiento infantil- me daba cuenta de que había algo que insistía. Hice una revisión para ver si era adecuado seguir usándolo, o había que variar el concepto. Creo que sigue siendo válido porque los modos no son atributos ni cualidades sino el hecho de que la sustancia, para Descartes, está diversificada o dispuesta. Vale decir que hablar de los “modos” quiere decir que hablamos de un tipo de práctica que tiene una serie de elementos que la unifican en distintas formas de ejercerse sobre la materialidad del objeto. Se trata, entonces, de que podamos concebir a la práctica como aquel lugar donde se definen las formas con las cuales nos aproximamos, bajo una cierta posibilidad de transformación de la realidad. En ese sentido, el concepto de “práctica” va hacia ese punto. Hacia la idea de transformación; hacia la idea de una acción. Una acción que, además, está guiada por reglas que determinan la conducta, que prescriben lo que debe ser y que implica, también, un tipo de habilidad para desplegarlo. Con lo cual “modos” y “práctica” implican reglas de trabajo y formas de su ejercicio.
¿Por qué, entonces, voy a dejar afuera algunas áreas en las cuales el psicoanálisis se ha explayado a lo largo de su historia, o ha podido ejercerse a lo largo de su historia? Porque cuando aludo a “práctica” me refiero no solamente a los modos de la práctica teórica, sino también a los modos de la práctica de transformación. En ese sentido, yo no voy a abordar, y ustedes han visto que en el programa no están planteados para nada algunos aspectos del psicoanálisis llamado “aplicado” o “extramuros,” vale decir, del psicoanálisis de la cultura o del psicoanálisis del arte. Por muchas razones. En primer lugar, porque no compete al campo en que yo trabajo. En segundo lugar, porque creo que merecería un capítulo aparte la revisión de su estatuto, en la medida en que se trata más de la aplicación de la teoría que de la corroboración del método. Y en razón de que el método no es lo que se pone en el centro cuando se hacen las observaciones respecto a psicoanálisis de la cultura o psicoanálisis del arte, quedaría por revisar la cuestión de si lo que se está poniendo en juego es las formas de organización del pensamiento analítico en tanto teoría, o las formas con las cuales circulan en el interior de la teoría ciertos mitos, ciertos aspectos ideológicos y otras organizaciones que se van acuñando a lo largo del tiempo. De manera que no lo voy a tomar en absoluto.
“Condiciones de posibilidad.” Condiciones de posibilidad, vale decir, campo de la práctica -y empiezo planteando-, se refieren a su articulación con el objeto. Ustedes saben que esta es una preocupación que comencé yo a plantear hace varios años, hace muchos, en realidad, tratando de darle un estatuto al psicoanálisis de niños. Tratando de definir a partir de qué momento era posible la aplicación del método y a partir de qué momento se podía hablar de psicoanálisis con los niños. Por supuesto, a medida que se avanza uno se va dando cuenta de que definir el objeto no implica solamente definirlo en los tiempos de su constitución, que es lo que ocurriría en el psicoanálisis de niños. Vale decir, le pido a los que ya me han escuchado muchas veces disculpas por las redundancias, y a los que no me han escuchado nunca, también disculpas por el exceso de información que voy a dar. Entre todos, nos comprometemos a que a fin de año a algún lado vamos a llegar. Pero, digo, redefinición de la articulación con el objeto quiere decir que el método no es método en general sino método respecto a un objeto. Y este objeto es, entonces, el objeto inconciente en su articulación en el interior de la tópica. A partir de esto, por supuesto, es inaplicable el método desde los comienzos de la vida en la medida en que el inconciente no está posicionado desde el punto de vista tópico. Pero, les decía, hay que redefinir la articulación con el objeto en la medida en que no siempre el inconciente está posicionado en el interior de la tópica en tanto inconciente reprimido, ni siquiera en los neuróticos.
Quiero decir con esto que no todas las manifestaciones sintomáticas que encontramos ni de las llamadas sintomáticas, dan cuenta de la existencia de un sentido inconciente que tendría que ser encontrado a partir del develamiento de las cadenas asociativas. En esa medida, entonces, hablar de redefinición de la articulación objeto- método quiere decir que, en pacientes adultos con aparatos psíquicos constituidos, puede haber procesos de desmantelamiento, de desarticulación, que requieren otro tipo de intervención, o pueden haber estratos del psiquismo que no están regidos por la lógica de lo secundariamente reprimido y que requieren modos de intervención que obligan a revisiones del método, o a redefiniciones del método.
Cuando dije “sentido” lo incluí en tanto causalidad y no en tanto significación o significancia. “Sentido inconciente” quiere decir algún tipo de determinación y ordenamiento en relación a lo inconciente y no quiere decir que haya que buscar el sentido en el inconciente como si fuera algún tipo de guión o de escritura que da cuenta de la apariencia de lo real, que sería en este caso todas las manifestaciones psíquicas de un sujeto. Con esto retomo, básicamente, mi preocupación respecto a la discusión con la hermenéutica psicoanalítica que considera al método simplemente como develamiento de sentido, o al inconciente como una estructura de sentido, y al preconciente o al yo como algo del orden de lo falso o de la falsa conciencia. O, si ustedes quieren, cierto modo de pellorización de lo imaginario que ha circulado del lado de cierto lacanismo, o del lado del kleinismo la idea de que todas las manifestaciones psíquicas son, en última instancia, engañosas y defensivas y que la verdad hay que buscarla en la fantasía inconciente, que es la que determina todo lo que en el sujeto ocurre. No voy a plantear para nada este tipo de perspectiva en el Seminario, sino que voy a sostener una práctica que se define en la relación entre los sistemas psíquicos. Vale decir que el problema de la práctica analítica es, fundamentalmente, el problema de la transcripción de los sistemas, es fundamentalmente la posibilidad de simbolización de aquello no simbolizado o in simbolizable por definición, espontáneamente, y voy a dar algunos ejemplos para los que aproximan por primera vez a estas ideas mías. En principio, digamos, podemos ponerlo en este orden: los elementos traumáticos que no han logrado organizaciones discursivas de captura y ligazón, y los elementos psicosomáticos que dan cuenta de la aparición de modos de manifestación que no son, en sí mismos, simbolizaciones sino que son formas de degradación de la simbolización a partir del pasaje al cuerpo. Podemos incluir también en esto ciertas formas de la compulsión. Ciertas formas de las compulsiones que tienen el carácter de adherencias a modos de goce, que están atravesadas por formas vivenciales que no han sido rearticuladas por la experiencia, vale decir, por la posibilidad del sujeto de articularlo de algún modo significante. Si alguien quiere que vuelva a decirlo, me para y vuelvo. De todos modos, va a ser motivo del programa todo esto, porque ustedes ven que el segundo punto es “la heterogeneidad de la simbolización que impone la revisión de los alcances del método.” Y el tercer punto, es “las premisas generales de la causalidad psíquica no se confunde con la diversidad de los modos del sufrimiento humano”, con lo cual acá se incluye la compulsión, habrán visto ustedes, traumatismo y la forma de desligazón, que tienen que ser retrabajadas.
Con lo cual, tomando una metáfora que todos conocemos, vamos a ir “de Manhattan a los bordes.” “Ir de Manhattan a los bordes” quiere decir reubicar la problemática de las neurosis en tanto lugar que define el surgimiento del método, para replantearnos si las impasses que vamos encontrando en ciertas articulaciones de los modelos clásicos y del post-clasicismo psicoanalítico, son errores o son respuestas a problemas no resueltos de la teoría. Cuando digo “problemas que han surgido en relación al método” me refiero no solamente a la actitud traductiva a ultranza kleiniana, o a la ausencia de intervención, o de interpretación en ciertas modalidades lacanianas, sino también al ejercicio por parte de Freud de una simbólica. Quiero decir, a los modos con los cuales aparece, en el interior de la obra misma freudiana, formas simbólicas de interpretación o modelo simbólico de interpretación. O incluso la forma con la cual se define la causalidad psíquica.
Uno de los casos que vamos a trabajar durante este año, bastante exhaustivamente y como hicimos el año pasado con Leonardo, este año vamos a trabajar con el material de El hombre de los lobos. Por múltiples razones. Porque es un material privilegiado para pensar la relación entre historia y fantasma. Pero además porque es un material privilegiado para pensar el problema de las diversas corrientes coexistentes en el psiquismo y el enorme debate que ha producido siempre en el psicoanálisis la cuestión de la estructura de El hombre de los lobos. Vale decir, las dominancias neuróticas, los aspectos que aparecen como... los aspectos renegatorios y los que podrían ser también elementos que se discuten respecto a la posibilidad de aparición del repudio. Por otra parte, la variación estructural de El hombre de los lobos respecto a la idea de Freud de una fobia infantil y su pasaje a una neurosis obsesiva, y además el problema del encadenamiento traumático que, en la obra freudiana ha quedado, ustedes saben, reducido a prácticamente la escena de seducción de la gobernanta y a la visión de la escena primaria. Cuando, revisando los escritos de El hombre de los lobos uno se encuentra con que la escena de seducción de la gobernanta es lo menos que le hizo esa buena señora inglesa que, en realidad, ejerció actos de sadismo y de maltrato feroz sobre este muchachito. Y que traumatismos tan graves como el suicidio de la hermana o la muerte del padre por exceso de Veronal, que bien podría ser también un suicidio, están tomados como elementos muy secundarios, no nucleares, digamos, de la causalidad sintomática de El hombre de los lobos, y que inclusive habría que plantearse si las diversas corrientes de la vida psíquica no corresponden a diversos modos de organización de estos elementos históricos estructuralmente. De manera que dejo esto simplemente por el enorme interés con que se abre ese historial, y además por la minuciosidad con que Freud lo ha trabajado.
Además, ustedes saben que El hombre de los lobos fue paciente de Kraepelin, previamente. De manera que es muy interesante porque el diagnóstico de Kraepelin fue un diagnóstico de neurastenia; no fue un diagnóstico de neurosis obsesiva.
Bueno, todo esto para ir viendo de qué manera complejizamos, entonces, el campo nuestro de interrogación y sacamos complicación. Cuando digo “sacamos complicación” me refiero a la necesidad de hacer la diferencia entre complejidad y complicación; hay una enorme cantidad de complicaciones con las cuales tenemos que lidiar porque no se han llevado a fondo los trabajos sobre las complejidades que había que encarar. De manera que hoy uno de los problemas que tenemos es cómo vamos limpiando de una serie de hipótesis el campo, y vamos rearticulándolo de otro modo.
“Condiciones de posibilidad”, entonces, que es el primer punto de nuestro programa, que tiene que ver con dos aspectos que voy a plantear. En primer lugar, la existencia de principios que rijan la práctica. Es decir, cuando decimos “condiciones de posibilidad”, ¿qué quiere decir? ¿Qué determina las condiciones de posibilidad? Por supuesto, sabemos que condiciones de posibilidad, también se habla de las condiciones de posibilidad sociales. Sabemos de la enrome cantidad de enunciados que circulan en nuestro medio respecto a que no se puede hacer psicoanálisis porque no se puede, porque las prepagas no lo permiten, porque la gente ya no hace consultas, porque la gente no quiere análisis largos, porque la gente... ha cambiado el sujeto desde el punto de vista de la constitución de la subjetividad... todo lo que sabemos que circula. Elementos que son válidos, pero que nosotros tenemos, de algún modo, que hacer una suerte de xxxxxx para poder ubicar la posibilidad de trabajar con nuestros propios paradigmas. Quiero decir con esto que nadie puede plantear como condiciones de trabajo con la tuberculosis, más que si lo hace sociológicamente; quiero decir, no se puede contraponer en el mismo plano antibióticos y modos, digamos, anteriores al surgimiento de los antibióticos. O no se puede plantear que para las venéreas se puede usar sulfa o se puede usar antibiótico, de acuerdo con los recursos del paciente. No. Sabemos que hay ciertas condiciones para una enfermedad, que requieren cierto tipo de intervención. De manera que cuando hablo de “condiciones de posibilidad” después cada uno puede repensar los límites de su propia práctica en los términos de las condiciones de posibilidad. Las condiciones de posibilidad no van a estar dadas jamás, en el discurso que yo les voy a traer, por poder hacer cuatro sesiones con diván. No están ahí las condiciones de posibilidad. Las condiciones de posibilidad tienen que ser definidas metapsicológicamente, no técnicamente. Y va a ser la metapsicología la que va a definir las formas de la prescripción, vale decir, la forma con la que se va a aplicar la herramienta. Esto sale de la vieja discusión de si cuatro sesiones en análisis y una no es análisis, a la cual se responde “pero cuatro, a veces, tampoco.” Es totalmente cierto. Pero en ciertas condiciones hay que plantearse si una es posible, o da las condiciones de posibilidad de la práctica.
De manera que “existencia de principios que rigen la práctica” es el primer elemento, y esta existencia de principios que la rigen está subordinada a los enunciados metapsicológicos. Vale decir, a qué tipo de manifestación patológica del sufrimiento enfrento, qué tipo de organización psíquica la determina o en cuál se inserta, y quiero aclarar las dos posibilidades, porque procesos de desmantelamiento temporarios pueden insertarse en estructuras psíquicas previamente bien armadas, y no son el “efecto” de esa estructura previa; me refiero a las situaciones límite sobre las que hemos hablado muchas veces respecto a traumatismo. De manera que vamos a diferenciar entre estructura productora de ciertos efectos patológicos e instalación de procesos de desarticulación psíquica en estructuras que tienen que ser reencontradas. Si ustedes recuerdan, cuando trabajamos traumatismo, yo mostraba la diferencia entre dibujos de niños psicóticos anteriores al terremoto, y dibujos de niños que quedaron como desarticulados por el terremoto. Que se notaba la diferencia en ambos tipos de dibujo. Mientras que en los dibujos de los niños que habían atravesado el terremoto, pero que no eran psicosis previa, los objetos estaban estructurados aun cuando el espacio hubiera estallado; en los niños psicóticos previamente el espacio estaba desestructurado y los objetos estaban desestructurados, o estaban recompuestos bizarramente. O a veces se sostenía el espacio y los objetos estaban estallados. De manera que creo que lo primero que hay que plantearse es esta diferencia, para tener en cuenta cuando uno se enfrenta a un proceso que produce algún tipo de sufrimiento patológico, poder dar cuenta de su estructura intrínseca, del fenómeno mismo, y de en qué organización psíquica está instalado.
Si alguien quiere que aclare más esto, lo aclaro. Con esto rompemos dos tipos de cuestiones: por un lado, la idea de un determinismo lineal en donde todo lo que le pasa a un sujeto psíquico, de alguna manera se lo buscó a los tres años. La segunda, es que todo lo que le ocurre es absolutamente azaroso y novedoso, con lo cual no hay manera de poder establecer hipótesis predictivas. Creo que entre estos dos extremos se puede rescatar la idea de una causalidad psíquica. Y esta causalidad psíquica la podemos definir en términos de modo con el cual el psiquismo, como estructura, procesa lo real que le llega. Jamás podría definir a la estructura sino en tanto estructura que procesa lo real que le llega. Esta estructura no es la estructura del aparato del sueño, como se darán cuenta. Es la estructura funcionando en sus relación con lo exterior. Si bien hay que tener en cuenta que en los momentos en los que se repliega sobre sí misma se rige por ciertas leyes. Pero de todos modos cómo se repliega una estructura sobre sí misma cuando el exceso de estimulación diurno es atacante. De manera que vamos a definir la estructura como una cierta serie de condiciones de permanencia del funcionamiento psíquico dentro de un límite de relaciones posibles con lo real. Cierta permanencia; insisto en la permanencia y en el modo de procesar lo real. Cuando digo “modo de procesar lo real”, quiero decir sobre qué engramas previos mnémicos y estructurales se deposita aquello que le ocurre al sujeto. El duelo que sea, el encuentro amoroso que sea, la seducción que sea, la pérdida que sea del tipo que sea.
El segundo aspecto es qué se mantiene invariable a lo largo de las diversas formas que toma la presencia del inconciente. Qué se mantiene invariable. Es decir, bajo qué reglas de funcionamiento vamos a poder ir siguiendo la heterogeneidad de la simbolización. Por un lado, en los tipos de constitución o en los tiempos de constitución del psiquismo. En segundo lugar, en su emplazamiento en el aparato constituido y en el tercer lugar, en los efectos del proceso de desarticulación. Les decía recién, lo sistematizo ahora. ¿Alguna pregunta?

Intervención: (no se escucha)

¿Qué se mantiene de invariable? Y por supuesto hay que tener en cuenta que se va a plantear como modificado o modificable, en los tiempos de constitución psíquica... Vuelvo ¿qué pasa con esta heterogeneidad de la simbolización y sus modos de organización? En los tiempos de constitución del aparato, en el emplazamiento de las representaciones en el aparato constituido, y en los efectos de los procesos de desarticulación psíquica. Voy a dar un ejemplo de cómo un mismo fenómeno puede ser pensado en los tres. Supongamos, la persistencia de un modo llamado autoerótico, para-genital lo llamaremos después, pero en este caso sería pre-genital, de ejercicio del placer a partir de que se ha constituido ya la represión y hay elementos del superyó, marca cualidades representacionales y modos de la vida psíquica, al menos en una corriente de ella, distintos a si esto no se hubiera constituido. Esto es salir de la idea cronológica de niñez, para entrar en los tiempos estructurales. Pero a su vez la persistencia de estos modos, supongamos, de ejercicio de la para-genitalidad o del autoerotismo, una vez que el aparato se ha constituido y ha logrado el ingreso a la genitalidad, con la persistencia de una corriente de la vida sexual que toma a su cargo todos los investimientos y que no posibilita regulaciones sino que funciona a base de compulsiones, toma un carácter diferente aunque el modo con el cual aparece la satisfacción sea aparentemente el mismo. ¿Es claro? Y da cuenta de estructuras distintas y obliga a procesos de intervención clínica diferentes.
Y, en tercer lugar, ¿qué ocurre cuando se plantean tardíamente, por ejemplo, efectos de desarticulación producto de traumatismos severos en sujetos que ya han sido constituidos? Voy a dar tres ejemplos, si ustedes quieren, psicopatológicos. Freud plantea “condición de psicosis es un arrasamiento sexual precoz en la vida psíquica”, ¿verdad? Que antes de que el aparato termine de constituirse haya un exceso de presencia sexual del adulto. Podríamos decir que exceso de sexualidad desestructurante, apropiación excesiva del cuerpo, fija modalidades en los primeros tiempos de la vida que pueden llevar a cortocircuitar los modos de organización del aparato a largo plazo. Quiero decir que pueden producirse fallas en la estructura general del psiquismo, a partir de esta forma de abuso y seducción precoces. Porque el aparato tiene poco respondiente simbólico para procesar las cantidades que le llegan, con lo cual no puede ni siquiera constituir respuestas ni preguntas ante los enigmas con los cuales se va organizando. Y las cantidades que recibe no pueden ser procesadas. En el aparato constituido, supongamos, que aún no ha hecho ejercicio de la genitalidad, los modos de abuso o de violencia sexual ejercidos pueden llevar a alterar las formas de funcionamiento, generando corrientes clivadas de la vida psíquica, en aparatos que ya no están estructurados. Y en el caso del adulto genitalizado, procesos traumáticos severos como los que hemos visto en situaciones límite o en situaciones de violación o, en algunos casos, como hemos hablado en alguna oportunidad trabajando la sexualidad femenina y masculina, el problema de que el abuso sobre el varón, supongamos, produce una destitución de la masculinidad y no simplemente una transformación de la condición de varón. Quiero decir, que trae consecuencias sobre el conjunto de la organización narcisista y del modo con el cual el yo se ha constituido, y no simplemente la llegada traumática de aflujos económicos sexualizantes sino desorganizaciones de todo lo que hace a las formas de organización del yo y de la identidad, y su recomposición posterior. Con lo cual ustedes ven que episodios iguales vividos en distintos momentos de la estructuración psíquica, bajo distintas circunstancias, puede producir modos diferentes de resolución, o anclajes diferentes de desarticulación psíquica y de recomposición, espontánea o no, del psiquismo.
Esto lleva a replantearse los modos de intervención. Quiero decir con esto que no alcanza con lo que en algún momento pensamos que era el sentido inconciente. “Claro, porque fue violado por el tío.” No alcanza con decir que el sentido es ese, porque el fantasma no está dado por la acción misma sino por la metabolización posible que el aparato realiza de aquello que recibe. En ciertas etapas de la vida es como si todo el aparato quedara en cortocircuito, o en situaciones extremas, en situaciones límite reiteradas donde sabemos que se han producido psicosis durante ciertos períodos y restituciones a posteriori. Sobre todo en víctimas de situaciones límite. De manera que articulación del campo de la práctica y su redefinición con respecto al objeto, implica tomar la forma emergente de sufrimiento patológico... Cuando digo “sufrimiento patológico” me estoy refiriendo a que produce efectos que no son simplemente los de una sensación de dolor psíquico. No sé si está claro. Por eso no subordino el análisis a la demanda. La subordinación del análisis a la demanda requiere un paso previo que es el reconocimiento del concepto de conflicto y de que el conflicto, además, está producido por algo que el sujeto desconoce de sí mismo. Pero en otros casos sabemos perfectamente que puede no haber demanda habiendo grados intensísimos de sufrimiento y, en otros casos, que puede haber demanda habiendo grados intensos de sufrimiento, que no son tratables psicoanalíticamente, si bien hay que ver de qué manera se ayuda al otro a que pueda resolverlo. Me refiero con esto a los tiempos posteriores a traumatismos muy severos, ligados a pérdidas importantes.
Hace algún tiempo tuve una consulta de una señora que, cuando me llamó por teléfono, me contó que había enviudado hacía una semana y que quería consultar. Esto no es usual. La gente no consulta porque ha perdido a un ser querido. Si la gente consulta porque ha perdido a un ser querido es porque hay algo que se agrega a esa pérdida, y ese algo que se agrega a la pérdida, la persona que consulta sospecha que no es simplemente algo inmanente a la pérdida misma, sino algo que le pasa con aquello que ha perdido… aquello que o aquel quien. De manera que, en ese caso, el análisis puede estar perfectamente pedido no para una elaboración de esta pérdida sino para un aplacamiento de la ansiedad persecutoria, que tal era el caso, que se había producido a partir de una serie de conflictos previos que se habían dado en la pareja. Con lo cual esta señora empezaba su duelo con un monto de hostilidad espantoso. Y venía a aliviar su rabia y no su dolor. Y la rabia no era simplemente una defensa para no ir de frente al dolor, sino que era muy previa, esta señora tenía rabia desde hacía mucho tiempo, con lo cual se sentía muy culpable de la muerte de este hombre. Pero no con una culpa depresiva sino una culpa persecutoria en la medida en que había cierto goce en que lo hubieran reventado del modo en que lo hicieron. De manera que acá estamos frente a una forma de sufrimiento que no es que alguien viene a elaborar un duelo, sino que alguien viene a elaborar un conflicto de otro orden que no es un duelo, y entonces no hay que confundir esto con la elaboración de un duelo. Tampoco se puede llamar a esto “duelo patológico.” Esto es traumatismo a partir de una pérdida.
En AMIA tuvimos un caso extraordinario, los miro a los que estaban en aquella época, porque llegó una señora que era de un barrio lejano, no era judía y no le había pasado nada. ¿Por qué venía? Bueno, porque ella siempre había odiado a los judíos, y como siempre había odiado a los judíos, ahora que había estallado la bomba, tenía miedo de que Dios la castigara. No sé si la recuerdan, que estaba totalmente psicótica, esta señora, con una ansiedad persecutoria que volaba, con lo cual venía a la AMIA a que los judíos le resolvieran su problema de antisemitismo y no la castigaran. Por supuesto, no era una señora que viniera con un duelo ni con un traumatismo de otro orden. Sí tenía un traumatismo, que era que lo real había entrado a convalidar el fantasma. Desde lo real se había convalidado el fantasma mortífero, con lo cual ahora estaba aterrada de que se la devolvieran. Se armó una discusión ética terrible, de si había que tratarla, no había que tratarla. Se resolvió empíricamente: psicóticos no se trataban (risas). Lo cual nos alivió el alma a todos. En realidad, más que tratarla había que traer a un rabino que hiciera de chaman y le dijera que se podía ir tranquila. El problema era qué podía hacer ella después.
Vuelvo a las condiciones de posibilidad para retomar algunas cuestiones que hemos hablado en otras ocasiones, porque me queda un ratito y después, en todo caso, empezamos con el intercambio. Condiciones de posibilidad de una práctica… Manhattan. Cuando digo Manhattan me refiero al centro mismo, no a lo más extenso sino al centro mismo: inconciente constituido, represión operando, producción de síntomas, síntomas como productos transaccionales efecto de la presencia del inconciente y del preconciente en igualdad de condiciones, capacidad del yo para instalarse y producir significaciones y para tolerar desarticulación de significaciones, preconciente operando con la lógica del proceso secundario, capaz de establecer un diálogo con un otro y, al mismo tiempo, con una escisión lo suficientemente básica como para permitir la constitución de la transferencia como algo del orden de lo imaginario y de la creencia, si ustedes quieren, pero al mismo tiempo sin pérdida del principio de realidad. Todo esto posibilita la instrumentación del método.
Cuando digo “instrumentación del método” quiero decir que el otro asocie libremente, que uno escuche con neutralidad benevolente, como dice Laplanche y que, al mismo tiempo, se puedan hacer interpretaciones que son entendidas en su carácter metafórico. Vale decir, que el modo de intercambio esté dado por el carácter del lenguaje como representación palabra y no como cosa en sí. Lo cual no quiere decir que esto sea algo que se sostiene del mismo modo a lo largo de todo el tratamiento. Un tratamiento que nunca sale de esto es una caracteropatía analítica y no un tratamiento de verdad, porque en todo tratamiento se tienen que tocar núcleos en donde esto se fracture. Y pasan cosas en la vida de la gente en las cuales esto se rompe. Sabemos que los tratamientos son lo suficientemente largos como para que uno tenga enfermedades, pérdidas, duelos, revoluciones, guerras, terremotos, inundaciones en Buenos Aires, inflaciones. Hace 10 años que no hay en este país hiperinflación, con lo cual hay toda una generación de analizados actuales que no han traído el problema ese al diván. Pero en cualquier momento se quiebra la racha y por suerte el Euro viene a salvarnos. De manera que estos son los pre-requisitos. De manera que ustedes se dan cuenta de que “condición de análisis” es que haya síntomas neuróticos, lo cual no quiere decir que el sujeto consulte porque tiene síntomas neuróticos. Porque cada vez más la gente no consulta por los síntomas neuróticos, aunque los tenga, y esto me parece central. No es que han desaparecido los neuróticos, sino que el síntoma neurótico no es el motivo de consulta. Vienen fóbicos pero no consultan por la fobia. Aprenden a vivir con la fobia. Vienen obsesivos pero no consultan por la neurosis obsesiva; conviven con la neurosis obsesiva. Los motivos de consulta son otros, pero no quiere decir que no aparezcan los síntomas cuando uno empieza a trabajar, y que no haya neurosis cuando uno empieza a trabajar. De todos modos, en el motivo de consulta, lo que aparece como padecimiento da cuenta de la instalación del proceso secundario, del yo, de lo reprimido y de todo lo demás.
Junto a esto, posibilidad de instaurar algún tipo de relación, y acá viene todo un problema que tiene que ver con esta época, de transferencia de saber. Problema serio en la medida en que la transferencia de saber sobre el analista es una transferencia ligada a la posibilidad de depositar en otro la capacidad de ayuda y salvación. Imaginaria, no importa, pero pre-requisito necesario para que se establezca un vínculo analítico.
Acá voy a introducir una cosa que me parece que es interesante para pensar nuestros problemas cotidianos de analistas, no de la vida. Tenemos un exceso de tendencia, a partir del dualismo psicoanalítico, a creer que todas las modalidades ideológicas de los sujetos son el efecto de su inconciente. Durante años se nos enseñó a pensar que si alguien era egoísta, era anal. Cuando alguien puede ser anal sin ser egoísta y alguien puede ser terriblemente egoísta sin tener sintomatología anal. Lo cual no quiere decir que en el borde mismo no encontremos cierta relación entre la vida pulsional y los modos de representación psíquicos. Pero de todos modos, salvo que hayan cambiado las pulsiones enteras de pueblos enteros, no se entienden las disposiciones, el hecho de que hayan pueblos más reactivos que otros, que hayan pueblos más anales que otros, que... en fin. A esto se contrapone hoy toda la corriente que plantea que no, que los cambios en las condiciones de la subjetividad hacen que haya caído todo lo otro. Con lo cual nadie confía en nadie, lo cual tampoco es cierto. Tampoco es cierto porque en realidad, si no, no estarían llenas las iglesias de los pastores estos tipo Giménez, que ya los traicionó a todos, pero que la gente sigue yendo pese a la traición. O no estarían tampoco ciertos santeros, convocando transferencia. Es cierto que en este mundo occidental con estas características que vivimos nosotros, hay menor nivel de transferencia. Pero esto no está dado por la desilusión, porque yo no sé cómo se pueden seguir ilusionando las masas indígenas con lo que les han dado en el mundo en que viven, sino que tiene que ver con factores que yo preferiría hoy no revisar, pero que de todos modos están presentes. Lo cual no quiere decir tampoco que no reviertan estos modos.
Con esto quiero plantear lo siguiente. Tenemos un exceso de tendencia a plantear una equivalencia entre el mundo objetivo y la subjetividad. Y la subjetividad, de alguna manera, como dependiendo linealmente de las pulsiones o dependiendo linealmente de las relaciones vinculares intersubjetivas. Creo que es hora ya de hacer intervenir en la constitución del yo algo que venimos planteando ya desde hace tiempo, pero que cada vez es más claro para mí, que son los modos ideológicos con los cuales las organizaciones sociales definen las formas con las cuales el yo se hace cargo de las pulsiones y de los deseos.
Quiero decir con esto lo siguiente, si ustedes toman la clasificación que hizo Popper en tres mundos, en tres formas del mundo: el mundo de lo material sustancial, el mundo de la subjetividad y el mundo de las producciones de cultura; y la autonomía relativa del mundo de la producción y la cultura respecto de los otros dos, uno podría perfectamente pensar que formas circulantes actuales tienen que ver con esta autonomía relativa, y no tienen que ver ni con las condiciones económicas reales ni tampoco con la subjetividad particular, o que los argentinos tenemos un inconciente colectivo que hace que todos seamos como somos. Quiero decir con esto que es complejo entender la relación existente entre las formas con las que se articulan procesos de deslizamientos ideológicos, y modos particulares de constitución de la subjetividad singular en relación al mundo pulsional.
Dicho esto, lo que nos interesa es la forma con la cual es impactado subjetivamente un sujeto, un ser humano, por los modos dominantes de la ideología que circula. Quiero decir que cuando alguien es atravesado por estos modos, y se establece un tipo de relación en el cual la intersubjetividad no es lo que circula como asociación ni como interpretación, pero sí como base de la posibilidad del acuerdo analítico, porque es indudable que es imposible el establecimiento de la relación terapéutica entre dos personas si no hay un mínimo acuerdo de base que lo constituye, y que uno de los problemas más graves que tenemos es el nivel de anonimato con el cual esto se produce, y la forma con la cual se genera de ambas partes, digamos, el anonimato. Cuando digo “de ambas partes” quiero decir que para muchos analistas de la prepaga el paciente es el de la prepaga, con lo cual no es el paciente privado, del que conocemos familia, nombre de los hijos, sino que es el síntoma con dos o tres características que permiten hacer las 32 sesiones que posibilita la prepaga. Esto está muy vinculado al modo con el cual las amas de guardia se constituyen en relación a los niños que van a ser adoptados, vale decir, en una relación de mezquindad emocional por temor al sufrimiento que produce la pérdida del objeto, y este es un tema del que no hablamos nunca, quiero decir, la forma con la cual los analistas vivimos a los pacientes transitorios como pacientes que no hay que investir en exceso, porque sentimos que ellos invisten poco pero además porque investir mucho nos puede llevar a una enorme frustración y un dolor muy grande respecto al enlace que se podría hacer y a la fragilidad de ese enlace. Entonces las condiciones existentes hacen que haya anonimato del lado del analista y del lado del paciente, por supuesto, transferencia institucional y no intersubjetiva. Lo cual genera condiciones de pérdida de los elementos básicos del contrato y de una fantasía de aprovechamiento mutuo, que forma parte del sustrato mismo con el cual se ejercen las condiciones de la práctica. Con lo cual, cuando digo “condiciones de la práctica” no me refiero a las 32 sesiones que da la prepaga sino al impacto en el proceso terapéutico del lado del paciente y del analista respecto al modo con el cual se van a instalar ambos en el campo. Y al esfuerzo que tenemos que hacer los analistas para sustraernos de alguna manera a este anonimato y a esta masificación que hacen que así como hay una máquina de rayos, haya alguien que dice cómo controlar ciertos malestares.
De manera que condición de posibilidad, establecimiento de transferencia, tenemos dos vertientes acá. Por un lado, las generales de la ley en las cuales hay que terminar, digamos, de instalar permanentemente el campo, y además donde cada uno debe garantizar su propia presencia en el interior del campo analítico. Me refiero al analista que es fácilmente destituible. Por otra parte, en la medida en que la mayoría de los pacientes que atendemos no son perversos, posibilidad de reinstalación del campo transferencial. Y esta posibilidad de reinstalación del campo transferencial implica que también tengamos que tener en cuenta que si no estamos frente a un sujeto perverso, incapaz de establecer transferencia de poder o de saber, alguien debe lograr que esto se recomponga, vale decir, tiene alguien que lograr que se reinstalen las capacidades amatorias. Porque la capacidad de transferencia, en última instancia, es una capacidad amatoria. Si ustedes piensan en la definición de Lacan, aquella de “dar lo que no se tiene a alguien que no lo es”, no hay mucha diferencia con lo que se hace en la transferencia. El paciente viene a que le demos lo que no tenemos y nosotros jugamos el juego con quien no lo es. La diferencia es que nunca pretendemos colmarlo, esto. Sino que tenemos claro de inicio que ese es el juego que se va a armar y del cual nos sustraemos todo el tiempo. Pero no nos sustraemos por decreto sino porque las condiciones están dadas como una recaptura en el interior del análisis de esos modos de ejercicio del amor en la vida y, al mismo tiempo, con alguien que conoce esas reglas y conoce lo que las sostiene, y no está dispuesto a dejarse engañar como lo hace en la vida cotidiana. Quiero decir con esto que los analistas salimos del consultorio y nos creemos que recibimos o damos lo que no tenemos o lo que el otro no tiene, a quienes no somos o a quien el otro no es. Afortunadamente podemos mantener esta disociación para vivir. Esta disociación, entonces, la llamamos “proceso de contra-transferencia.” Vale decir, el proceso constante en el cual nos sustraemos a la ilusión de creer que podemos ocupar ese lugar. Aún cuando en algún lugar, si no amamos, como decía Ferenczi, tampoco es posible la curación. Sin simpatía no hay curación en el sentido de “capacidad de tomar a cargo.”
Resumo brevemente, entonces, dos o tres de las condiciones que acabo de plantear. Para que la práctica psicoanalítica pueda ser posible, esto quiere decir, para que el método pueda ser implementado. Implementación del método, entonces, quiere decir capacidad del sujeto psíquico de desdoblarse en alguien que escucha y alguien que habla, y para poder desdoblarse tiene que estar instalado el carácter metafórico del lenguaje. Tiene que estar el inconciente constituido como “otro en mí,” digamos, sobre el cual yo puedo pensar. Con lo cual no es simplemente “otra parte mía que reconozco” sino que es otro, algo ajeno, que no reconozco en mí y sobre lo cual abro el beneficio de la duda respecto a que pueda estar en mí… sin que yo me identifique con eso que apareció. Quiero decir, no es que porque apareció una moción egoísta soy un egoísta, sino que porque apareció una moción egoísta reconozco que pueda haber en mí una moción egoísta. Esto hace a otro de los ejes que vamos a trabajar largamente, que es la des-subjetivización del inconciente. El carácter del inconciente como “no intencional.” La posibilidad de reconocer los aspectos deseantes inconcientes como modos de manifestación de mociones y no de “un otro” que está operando. Y los tres elementos: en los tiempos de constitución, en el aparato constituido como está emplazado, en el aparato constituido en tanto aún en el aparato constituido no está todo homogeneizado. Quiero decir que no están los sistemas psíquicos operando como en el...

(cambio de lado)

...articulación que es la última parte de nuestro programa: recomposición simbólica, modelos de intervención en situaciones de riesgo, grandes cuestiones sociales. Bueno, con esto paro un poquito, siguiendo con el modelo con el que trabajamos siempre, y abrimos el intercambio.

Intervención. Dardo Tumas. Bueno, agradecido por el reinicio de este espacio para desentumecer neuronas. Algunas cosas que se me ocurrieron. No está en el programa pero me parece que está implícito, y es el tema del yo. Tomo sólo una parte. Cuando vos hablabas de esta suerte de mezquindad afectiva de los analistas para no investir demasiado y después frustrarse o desilusionarse ¿no? Pensaba que las condiciones histórico-sociales, hoy por hoy, hacen difícil que uno invista algo, llámese paciente o lo que sea. Y desde esa perspectiva me parece que el egoísmo, el amor, etc., son patrimonios del yo, no del inconciente reprimido. Y ahí se plantea toda una complejidad, no sólo con respecto a la heterogeneidad del inconciente sino también, no sé si llamarlo heterogeneidad del espacio yoico.

Sí. Yo lo traigo no porque piense que son inconcientes, pero sí que no son concientes. En el sentido de cosas que pueden estar en lo manifiesto sin ser concientes. Como que el desgaste que se produce en los analistas lleva a que esto esté operando, pero que aparezca poco explicitado de nuestra parte. Y además como una necesidad de replanteárnoslo. Porque además es indudable que el modelo de la desconstrucción del sujeto lacaniano, de los últimos 25 años, ha derribado al ideal del yo amoroso del analista. Ha planteado una forma de posicionamiento del paciente en transferencia con el otro grande, no con lo que tiene ahí, con este pobre pirulín que tiene adelante sino con el falo grandote que es Lacan, con lo cual los analistas son medios de transferencia, con lo cual ha sido muy fácil pasar de eso a ser medio de transferencia hacia la prepaga, digamos. A tal punto que si hay algo escandaloso que está ocurriendo es la forma en que los pacientes pasan a ser clientes de la institución, con algo mucho más grave, en el Hospital nunca ocurría, los pacientes son agradecidos en los Hospitales, en general. Lo brutal de la prepaga es que el paciente puede quejarse a la prepaga de lo que el analista hizo o no hizo, con lo cual el analista está siempre en una posición, digamos, de segunda o de deuda frente al paciente. Con lo cual puede ser destituido no sólo subjetiva o técnica sino legalmente y laboralmente. Lo cual genera condiciones infernales. Entonces creo que al menos tenemos que decirlo claramente esto, para que veamos qué hacemos. Pero al menos que esté claro de qué manera nos protegemos con todo esto. Digo porque los analistas van al matadero sin levantar la voz. Entonces, al menos que se ponga de acuerdo la gente sobre cómo redefine ciertas condiciones contractuales que tienen que ver con estos aspectos, como grupo. No sé si está claro. Yo creo que hoy la mayoría, discúlpenme que en una primera clase me meta en esto, pero cuando hablo de condiciones de la práctica quiero decir que hay un exceso de amoldamiento a las condiciones de la práctica. Un exceso de amoldamiento interno, no solamente de aceptación de condiciones exteriores. Porque uno puede aceptar las condiciones externas y escribir entre nosotros sobre las condiciones estas. Pero no aparece nada sobre esto. Con lo cual hay una necesidad de acomodarse subjetivamente a la realidad exterior, y eso es muy grave. Ustedes saben que Freud escribió, en plena época de los Hasburgo, un texto sobre la locura de Carlota que nunca publicó porque los Hasburgo le cortaban la cabeza. Pero lo escribió. Lo escribió y lo metió en un cajón. Freud se rehusó a publicar El presidente Wilson, y cuando no le quedó más remedio, porque lo tuvieron que sacar de Viena, lo publicó. Quiero decir con esto que hay maneras con las cuales uno puede establecer una cierta resistencia intelectual a los fenómenos. Y lo señalo simplemente para que se vean los efectos, no para que todos juntos lloremos sobre lo mal que vivimos, sino para que teoricemos sobre las condiciones que se plantean y la forma en que eso se expresa en los tratamientos. Al menos que cuando a uno le pasan esas cosas, sepa lo que le está pasando. Cuando nosotros llegamos al exilio, con un grupo de colegas, nos reuníamos a charlar sobre los efectos del exilio en nosotros como analistas. Cómo nos sentíamos de vencidos, de boludos, si podíamos levantar transferencia, si no podíamos, si nos agarraba la gobernación y nos echaba... Con lo cual no podíamos modificar nuestra realidad exterior, pero al menos saber qué nos estaba pasando para que no nos pasara la realidad por encima. Bueno, yo vuelvo a plantear lo mismo hoy respecto de las condiciones de ejercicio de la práctica. Por eso hay que rediscutir las reglas y las condiciones de posibilidad de la práctica, para que cuando uno no puede desplegarla en su posibilidad, al menos entienda qué le está pasando como analista y qué le está pasando en la relación con el paciente. A eso me refiero.

Intervención. Carlos Tkach... Yo, Silvia, te quiero hacer un comentario. Este modelo de tiempo de constitución psíquica, emplazamiento de las representaciones y los efectos del proceso de desarticulación, me pareció muy esclarecedor, se podría pensar, supongo que lo has tenido en cuenta, casi como un análogo a las series complementarias. Porque con esto se podría hacer un juego de secuencias y retroacciones similar al de...

Siempre y cuando trabajemos con el modelo de tiempo de Nachträglich, y no de sumatoria. Porque el problema del concepto de series complementarias es que Freud trabaja con un tiempo sumatorio. No es solamente la presencia que hay en el modelo de las series complementarias de lo congénito, donde va a parar todo lo que no se entiende, sino como que la génesis... vos sabés que yo la trabajo con la idea de que se construye après-coup. Con lo cual no se produce por progresión sino, precisamente, al revés. Por eso quiero trabajar El hombre de los lobos, porque en El hombre de los lobos nosotros vamos a ver al sujeto adulto constituido, y los elementos de la neurosis infantil que no eran una fobia, para mi gusto. No eran exactamente una fobia aunque había elementos fóbicos. Pero la fobia estaba atravesada por el maltrato de las mujeres, porque en última instancia eran las mujeres las que le hablaban del lobo y las que lo sometían. Entonces es muy interesante pensar en esta retroactividad del tiempo, que sí, que la neurosis que se desencadena tiene que ver con este movimiento, y no hay una transformación directa de la fobia a la neurosis obsesiva.
Sí, vos sabés que tengo frente al concepto de series complementarias muchas reservas, porque creo que es un concepto excesivamente lineal, para mi gusto, y donde Freud intenta rearmar algo de revisión del endogenismo pulsional pero, al mismo tiempo, queda atrapado por lo traumático como desencadenante y no como constitutivo. Porque lo más interesante de la teoría traumática de 1895 es que el traumatismo se constituye y no se desencadena. Y en las series complementarias lo que hay es desencadenamiento, no constitución. Como dominancia, digamos, ¿no? Como que hay un determinismo primario de lo congénito y lo adquirido, y donde lo que desencadena -textual: desencadena. ¿No?- es aquello que viene a ocurrir en la vida. Es un modelo de un aparato relativamente abierto, pero sólo para reacomodar lo ya existente; no para producir algo que no necesariamente ya estaba. Por eso tengo la idea de que debe ser... yo intenté someterlo a discusión, el concepto de serie complementaria, y me parece que tiene que ser... Por eso, en este modelo que yo estoy tomando, vos lo ubicás muy bien. En los tres aspectos ¿no? En los tiempos de constitución, digamos. No se puede hablar de tiempo de constitución del psiquismo a los 30 años. Es más, no se puede hablar, como hemos hablado muchas veces, hemos intercambiado sobre este tema, no se puede hablar de “retrasos madurativos,” a ningún nivel. Esto ya sigue un camino independiente, con lo cual lo que se detiene sigue funcionando. Claro, esto nos lleva a retrabajar el concepto de fijación y regresión. ¿Se vuelve a aquel punto o se retoma algo que ya estaba pero que ocupa un lugar diferente hoy? Que es la idea esta en el aparato constituido ¿no? El segundo tiempo de lo traumático, digamos. Es segundo tiempo de lo traumático pero primer tiempo del síntoma. Porque el sujeto en el cual se mete el segundo tiempo de lo traumático no es el sujeto de ese primer tiempo. La chica de la pastelería y los dependientes no es la misma cuando escucha la carcajada, evidentemente. ¿Por qué algo tan banal precipita algo tan severo?
De todos modos, cuando yo lo planteo pienso que hay que instalarse en el momento en el que esto se constituye a partir del ahora, para atrasar la génesis. Si hablo de tiempos de constitución, lo pienso en el niño. Si hablo de emplazamiento en el aparato constituido, pienso cómo está operando hoy en el motivo de consulta. Y de ahí reviso los tiempos de constitución. No sé si es claro, esto. Parto siempre del momento en que el aparato está funcionando, para ir para atrás. Y en los efectos de los procesos de desarticulación trato de explorar de qué manera estaba constituido antes de que esto ocurriera. Quiero decir, ¿sobre qué vino a instalarse este fenómeno? Salvo que hubiera habido algo tan arrasador que es difícil construir lo anterior, que es lo que pasa con algunas experiencias que se mantienen demasiado tiempo como experiencias límite, y que uno tiene la sensación de que lo anterior tiene poco ya para explicar de lo que uno ve. No sé si es claro, digamos. La infancia de un sobreviviente de un Campo nos sirve solamente para entender porqué tuvo, tal vez, más fortaleza para sobrevivir que otro, o más locura para sobrevivir que otro, o lo que fuere; pero no nos sirve para explicar la estructura actual que tiene. Yo estoy convencida de que no nos sirve; que no podemos explicar la estructura actual de gente que ha pasado esas experiencias. Ustedes saben que esta es una discusión muy interesante que hay respecto a problemas históricos. Si una sociedad que ha atravesado un gran cataclismo responde a su historia previa o responde a la historia del cataclismo; hasta dónde queda ligada a su historia previa. Es todo un problema que hay en teoría de la historia. Siempre nos ha parecido medio ridículo a todos nosotros considerar que nuestro “ser nacional” es la América aborígen. Digamos, yo los miro a todos ustedes y habrá alguno que otro que sí lo es; el resto, hay del interior, del exterior, de donde fuere. Con lo cual acá hay un proceso interesante de transformación cultural que marca nuestros orígenes. No es que somos “ladinos como el gaucho”, no es verdad. Somos ladinos como los vascos, que dirigieron al país durante años. Quiero decir que somos tramposos como los árabes y los judíos, somos amarretes como los italianos… ¡Qué sé yo! No se puede decir que somos como Martín Fierro. Ninguno de nosotros es como Martín Fierro. “Amamos el conocimiento como el gaucho Cruz” ¡Qué vamos a amar el conocimiento como el gaucho Cruz! El gaucho Cruz no puede ni matar la vizcacha. Entonces... hay que ser del campo para ver que no tiene nada que ver lo que somos hoy con la historia previa de este país, a la migración. Al menos en la Capital, no en el interior que es muy diferente. Pero el interior está marcado por sus propias migraciones.
Bueno, el aparato psíquico yo lo pienso del mismo modo; no puedo levantar las capas geológicas y encontrar lo que ocurrió a los tres años. Pero sí puede haber una corriente de la vida psíquica que por la fuerza que tuvo aquello que le ocurrió, no logró nunca ser metabolizada por el psiquismo. Y lo que encuentro, entonces, son elementos filtrados por los estratos geológicos de la vida psíquica que permanecen más o menos tal cual, una parte, porque nunca pudo ser atrapada por el tejido del aparato. Entonces lo único que queda realmente en ese estado es lo que nunca pudo ser ligado, lo que nunca pudo ser retransformado. Es lo único que queda idéntico… (y más o menos idéntico). Y cuanto más fuerza traumática, más idéntico queda, y todos lo sabemos. Lo vemos en ciertas formas de la perversión o de la compulsión, o ciertas corrientes psicóticas de la vida psíquica por gente que ha pasado por algunas situaciones traumáticas severas.
Entonces, por eso digo que el concepto de serie complementaria es como el concepto de genitalidad; siempre trae la ilusión de que entendés el presente por el pasado y de que todo se amalgama de algún modo. Cuando lo que yo estoy tratando es de mostrar cómo el método opera de manera diversa por los estratos distintos de la vida psíquica que coexisten, y las distintas formas de representación que vamos viendo. No sé si es claro esto. Y que eso obliga a formas de intervención diferentes, en la práctica. Por eso lo miro de ahora para atrás: ¿Por qué ahora emergió esto? ¿Qué pasó en este último tiempo que ocurrió tal cosa con esto que -aunque venga de atrás- el resto de lo vivido no lo pudo retener o sostener? ¿Por qué se desató ahora esta forma de psicosomática que nunca antes habíamos visto? ¿Por qué apareció ahora este deterioro melancólico frente a algo que no lo hacía sospechar? ¿Con qué se encadenó? Pero no necesariamente, entonces, con la totalidad de la vida psíquica; con una corriente, perfectamente puede ser, que se mantuvo ahí. Lo del presidente Schreber es muy interesante en ese sentido. Él ha armado toda su vida como legislador y toda esa corriente que viene del abuso paterno, digamos, del abuso del padre, del abuso educativo del padre en su apropiación sobre el cuerpo, que se despliega en la adultez como fantasma homosexual cuando en la infancia no lo fue. Y que tiene que ver con la resignificación de la pasividad que tiene alguien que ya ha atravesado la genitalidad y la constitución de la identidad. Tenemos unos minutos, todavía.

Intervención: Hola. Bueno, es cortito lo que te quería preguntar. Cuando vos hablás de la capacidad del sujeto de desdoblarse en alguien que escucha y alguien que hable, y esa capacidad metafórica. Eso es lo que da el análisis personal...

Sí, siempre y cuando el analista logre instalar el método.

Intervención: Un buen análisis personal, digo...

Sí. Porque uno conoce una enorme cantidad de gente que se instala en el diván y habla para que uno le interprete. Lo cual indica que nunca se ha trabajado con ellos para que escucharan lo que decían. Yo tenía un paciente que venía de muchísimos años de análisis, hablaba durante 10 minutos y después decía: “Y… ¿qué me dice?” Nada, qué le voy a decir. O: “¿Ya se le ocurrió algo?” Me decía el tipo. Le habían interpretado a mansalva toda la vida, y él venía a atacarme de este modo, digamos, a mostrarme que yo estaba ahí para decirle algo cuando él preguntaba. Pero él no hablaba para escucharse. Yo un día le dije: “Usted viene, aprieta, larga y espera que yo le diga algo. No, estamos para pensar juntos en lo que usted dice.”

Intervención: Claro, yo decía como analistas, cuando vos hablabas de implementar el método, bueno, tener esa capacidad que tiene que ver con...

Pero esa capacidad se instala en el otro a partir de que uno le de valor, no sólo a su asociación sino a la teorización que ejerce sobre su asociación. Al derecho a producir interpretaciones sobre sí mismo y acompañarlo en la construcción de sus propias interpretaciones. Esa es la manera en la que un sujeto puede apropiarse del método.

Intervención. Una duda que tengo. A partir de esto ¿qué pasa entonces cuando nos analizamos siendo psicólogos, con la cantidad de teorizaciones que uno hace como paciente?

Pueden ser muy válidas, forman parte de... todos los seres humanos, y esta es una cosa muy importante que ha planteado Laplanche, hacen interpretaciones sobre sus propios síntomas y sobre su propia vida psíquica. Desde “tuve pesadillas porque comí pesado” hasta “tuve pesadillas porque me encontré con mi suegra.” Todas son posibles. La diferencia es que un psicólogo va a decir: “Tuve pesadillas porque ayer estuve leyendo tal cosa y me di cuenta de tal otra...” y puede ser totalmente válido. Lo que quiero decir es que lo único que confirma la validez de esa asociación es la racionalidad intradiscursiva que tenga y los efectos transformadores sobre el sufrimiento que produzcan. Nada más. Yo soy muy respetuosa. Yo, a veces, con mis pacientes, que son psicólogos o analistas, me dicen: “Bueno, yo no sé, pero es muy teórico...” Les digo: “Bueno, ¡dígamelo!” ¡Si yo también pienso muy teórico!
Quiero decir, ¿cuál es el problema de que se permita al paciente teorizar? Si es una racionalización, caerá como cualquier otra ¿verdad? Por otra parte, ¿qué es lo que le da a la racionalización su carácter de racionalización? El carácter obturante que tiene, no el carácter de que “es teórico.” En ese sentido, hay una enorme cantidad de interpretaciones de los analistas que son racionalizaciones, también. Cuando un analista le interpreta a un paciente algo para que el paciente haga lo que el analista quiere, hay una racionalización del analista ahí, encubierta de interpretación. De manera que este es un juego que tenemos que jugar juntos, y yo no veo cómo podría un paciente psicólogo o analista o lo que fuera, pensar más allá de la textura discursiva que agita su cabeza. Es imposible. Es más, yo creo que la vieja prohibición de que los pacientes mejor no leyeran a Freud cuando uno los analizaba ¿se acuerdan? Que era un afán de poder del analista sobre la teoría, porque la verdad... por supuesto, hay momentos en que los pacientes se ponen compulsivos y leen todo y se discuten a sí mismos. Bueno, pero ahí están con sintomatología, y hay que analizarla como cualquier sintomatología, como cualquier otra. Todo lo que permita simbolizar y ligar tiene que ser respetado por el analista, sabiendo que por su propio peso caerá si no permite el develamiento del sentido y no disminuye el nivel de sufrimiento.
Bueno, nos vemos la reunión próxima.