Signos de percepción, indicios y simbolizaciones de transición
La enseñanza de Silvia Bleichmar

María Cristina Perdomo

 

“No hay tal vez daño mayor a la vida humana -salvo la muerte- que su desperdicio”(1)
Así comienza Silvia Bleichmar uno de sus textos.
Y puedo decir, con el corazón apenado, que es un daño su muerte, un daño intenso y profundo. Un daño para el psicoanálisis que pierde una pensadora brillante y audaz, un daño para la Argentina que pierde una mujer de lucha incansable y de sensibilidad humana como pocos, y un daño personal porque pierdo una amiga con la que compartimos afectos, ideales y  que, como si eso fuese poco, una amiga que supo escucharme y acompañarme con su calidad humana.
En su vida no hubo desperdicio. La bebió con fruición, sorbiendo cada gota, saboreando cada etapa y sintiéndose feliz de poder compartirla con los que caminaban junto a ella, con sus “compañeros de ruta”, como ella cariñosamente nos llamaba. Transmitía la felicidad de vivir la vida, de sentirla y con ello nos mostraba que, por más dura y difícil que a veces se tornase, siempre valía la pena. Hubo, en el trayecto de su vida, riqueza y abundancia de ideas, de trabajo fecundo y de cosechas gratificantes.
Silvia sembró ideas, y hoy, aquellos que fuimos sus discípulos, tenemos una deuda de gratitud para con ella. Deuda simbólica que nos acompañará en nuestro camino, camino en el que continuaremos siendo sus compañeros de ruta.
Este artículo, escrito en el dolor del luto, es una forma de dialogar con ella.
Uno de los mayores legados que Silvia Bleichmar nos transmitió fue el compromiso ético como participante activo de un lazo social, la lucha permanente de un intelectual comprometido con su tiempo, comprometido con los destinos de su país y luchando por un mundo mejor. Como psicoanalista nos mostró el rigor de un pensamiento teórico haciendo trabajar los conceptos y poniéndolos a prueba en su solidez, el cuestionamiento sobre los paradigmas de base y, sobre todo, una articulación teórico-clínica que devolvió fertilidad y creatividad al accionar analítico.
Su trabajo sobre la metapsicología freudiana, su clínica embebida de esta metapsicología, proporcionan a quien trabaja y a quien lee sus textos, el placer de compartir el saber y de acceder a la construcción de su pensamiento.
La claridad con que pensaba la clínica, la facilidad en hacer referencia constante a la teoría y la justificación metapsicológica de su acción analítica constituyen ejes centrales con el que su pensamiento marcó a una generación de discípulos.
Mi primer contacto con Silvia Bleichmar fue en octubre de 1990 cuando viajé a Buenos Aires con el propósito de invitarla a dar una conferencia en São Paulo. Fue un encuentro diferente del que yo había imaginado. No fue un encuentro formal, y mucho menos puntual. Almorzamos juntas y conversamos de psicoanálisis ciertamente, pero conversamos también de la vida, de nuestras historias, y fue ese el comienzo de una amistad donde pudimos profundizar el contacto profesional y afectivo. La conferencia de São Paulo se tituló La heterogeneidad del inconsciente, y fue allí donde mi concepto de represión primaria, como momento mítico y fundante del aparato psíquico, comenzó a entrar en crisis. Inicié así un largo y fecundo camino de trabajo intelectual compartido.
En aquellos tiempos me preguntaba por el estatuto de las representaciones-cosa y su diferencia con las representaciones (si es que así podía llamarlas) que formaban el núcleo del inconsciente, el núcleo duro, aquellas que Freud trabaja como “ombligo del sueño”. Intuía alguna discriminación, pero no podía avanzar demasiado.
Vino en mi auxilio la Carta 52 (112 en la nueva numeración) con su modelo de traducciones y transcripciones. Y fue entonces que aparecen, trazados por el pensamiento de Silvia Bleichmar, las huellas, las marcas perceptivas más primitivas, aquellos que no se fijan en ningún punto de la trama del tejido psíquico y que deambulan con fuerza por esa trama debido a su alta carga energética, libidinal. Lo arcaico, inicio y fundación del aparato psíquico.
A partir de este punto lo indiciario y las simbolizaciones de transición abren su espacio como conceptos ricos y con desdoblamientos importantes en el trabajo clínico.
En la carta 52, los primeros elementos, las primeras inscripciones, fundantes del aparato psíquico, aunque en el borde, son los signos de percepción.  No son las percepciones, son los signos; y esto implica una descomposición del percepto. Las marcas no corresponden al referente; no hay más relación especular entre el signo y el referente No es una correspondencia con el mundo de las cosas. Podríamos afirmar que hay, en este modelo freudiano, un funcionamiento del sistema que prescinde de la necesidad de la presencia; la idea de presencia coloca la correspondencia entre ideas y cosas. Hay, en este modelo, una desconstrucción de la metafísica de la presencia llevada a cabo por el pensamiento freudiano, como afirma Jaques Derrida en su libro Mal de archivo(2)
En Derrida lo psíquico es concebido como una máquina de escritura, como una superficie de inscripción y en sus postulaciones, sobre todo con su metáfora de archivo, hay un rescate de la dimensión económica, de la intensidad. Fuerza y sentido están situados al mismo tiempo. La marca, el rasgo originario es del orden de lo incognoscible; por tanto el origen está perdido, lo que tenemos es un comienzo. Y el archivo torna posible un tipo de lectura. Así, Freud está leyendo el Inconciente a partir del modelo de la historia ficcional.
Tanto Silvia Bleichmar como Jaques Derrida trabajan con una concepción de inconsciente, o más específicamente de aparato psíquico, como sistema de inscripciones.
En varios de los trabajos de Silvia Bleichmar vemos su insistencia en marcar que los signos de percepción son anteriores a la constitución del Inconsciente y, siguiendo a Freud, están ligados al polo perceptivo. Tienen, por lo tanto, su proveniencia de lo sensible. Aquel elemento que no se liga, que no se fija, pasa sin más al polo motor. Este elemento, altamente investido, no se fija al inconsciente; es el sujeto el que queda fijado, y esto es lo que vemos en las compulsiones, donde el yo es anulado y hay una descarga de modo directo.
Esta diferencia, entre fijación al inconciente, dada por la represión originaria, y fijación al/del sujeto, resulta un elemento valiosísimo para decidir una estrategia en la clínica, pues nos coloca en la pista de un aparato clivado, con los sistemas constituidos, o frente a un sujeto en que la permeabilidad intersistémica por fallas graves en la constitución de las barreras represivas permite el pasaje de elementos operando en proceso primario. La fijación al/del sujeto es una forma con la cual el yo es capturado por algo del orden de lo no ensamblado.
El signo de percepción antecede al sujeto. Signo de percepción es lo que se inscribe como resto de la presencia perdida del objeto. Aquel signo que no logra amalgamarse, lo que no se articula en una representación, queda suelto y conserva alto voltaje libidinal. La posibilidad del signo transformarse en indicio implica la necesidad de un sujeto que se interrogue en algún orden con relación a él. “El indicio es un elemento de lo real que hace signo para alguien”. Por lo tanto está en juego la presencia del Yo como instancia de la tópica.
Fue la pregunta enunciada en aquella conferencia la que vino al encuentro de mis cuestiones: ¿cuál es el estatuto del signo de percepción? Y la respuesta, trabajada y formulada en uno de sus trabajos: “Me da un poco de pudor  decir no representacional porque parecería que queda fuera de la materialidad psíquica y corre el riesgo de quedar planteado como no representable. Diría entonces que es del orden de lo inscripto no transcribible”(3). Se inscriben con fuerza libidinal y no son retranscriptos a niveles lenguajeros.
Los signos de percepción no son lingüísticos, son restos metonímicos y equipararlos conceptualmente al  significante sería dejar de lado su especificidad. Mantener esta categoría de signos de percepción permite, por un lado, sustentar que los sistemas no son homogéneos, están constituidos por elementos heterogéneos y, por otro, la posibilidad del ejercicio de una clínica más próxima de lo real, una clínica que trabaje con algo del orden de lo inscripto vivencial no lenguajero. Por lo tanto, en el inconsciente existen elementos que tienen un orden de realidad psíquica que es no-lenguajera.
Aquí se marcan, en relación a este punto, las diferencias con el pensamiento lacaniano donde lo vivenciado está siempre atravesado por el significante. En Lacan lo que está afuera de la cadena significante no está inscripto en el psiquismo. Lo real no puede inscribirse porque está afuera de la cadena significante, no tiene estatuto representacional. No hay inscripciones que no sean desprendidas de la cadena significante, lo que es coherente con afirmar que antes de la represión originaria no hay nada.
Y Silvia Bleichmar dialoga con Lacan, con la semiótica de Pierce y con la lingüística de Saussure. “El indicio en términos de Pierce no es equivalente al signo de percepción. Alude a un método de lectura de la realidad, no a su inscripción”(4).
Esta es otra enorme cualidad de Silvia, la posibilidad de nutrir su pensamiento con el aporte conceptual de otros autores, respetando las fuentes de proveniencia, e indicando explícitamente cuando está haciendo una “torsión” del concepto. Es la postura ética que siempre rigió su trabajo.
El indicio en la clínica cobra importancia como substrato en la producción de hipótesis. Y al producir la transformación de las preguntas se va constituyendo un campo y un sujeto de análisis.
Al recuperar la noción de traumático en la obra freudiana, el acento recae sobre lo económico, sobre las magnitudes de excitación que ingresan en el aparato psíquico. Pero para dar el estatuto de traumático a lo que ingresa en el psiquismo es necesaria la presencia de un Yo que sufra lo traumático como exceso. Las referencias metapsicológicas a la estructuración de la tópica psíquica abren la posibilidad de pensar el campo de trabajo. Trátase de la tópica constituida donde el Yo como instancia psíquica es fracturado en sus modos defensivos habituales; hay una ruptura del equilibrio de base. Y siguiendo este razonamiento, no se pueden llamar de traumáticas a estas inscripciones iniciales, a estos elementos originarios, porque todavía no hay Yo, sólo hay  phatos. El signo está en consonancia con el sujeto del pathos, el indicio implica  el sujeto lector.
¿Cómo relacionar lo traumático, entonces, con inscripciones no ensambladas, si éstas no necesariamente son las inscripciones originarias?
Nuevamente lo económico se perfila en el horizonte como respuesta posible.
En lo traumático los elementos entran descompuestos, fracturados y desgajados del objeto de proveniencia. En el traumatismo se descompone y se fractura el objeto. Entran restos metonímicos del objeto. Así el objeto de proveniencia está perdido, y perdida también la relación al referente. En este sentido el fantasma, como elemento representacional, y como soporte de la organización sintomática, es una forma de ensamblaje de estos elementos, una “complejidad procesada”, un trabajo psíquico de ordenamiento y articulación sobre los elementos sígnicos. El fantasma es siempre una recomposición de lenguaje, es producto de una transcripción de elementos que se anudan a lo real, a lo más arcaico del psiquismo. En el síntoma hay un trabajo, es siempre una recomposición, por eso es una formación. Y es imprescindible la existencia del sujeto. Sin sujeto no hay posibilidad de síntoma.
Los elementos traumáticos son pasibles de ingreso al aparato psíquico en cualquier momento de la vida en que el Yo, tomado de sorpresa y por asalto por magnitudes que ingresan, no pueda rápidamente accionar su protección contra las excitaciones.  El aparato psíquico queda así sometido al riesgo de un estallido y de una fragmentación, que el Yo siente y decodifica como desestructuración, desintegración y aniquilamiento. Es el Yo quien siente esto como temor, no el aparato psíquico, porque el Yo funciona como un observador  de lo que le sucede al aparato.
Hay una ley que rige el funcionamiento psíquico: cuando el aparato recibe un elemento tiene que procesarlo, metabolizarlo; si es inmetabolizable porque el Yo no tiene  recursos que lo posibiliten tiene que descargarlo, y ahí viene la idea de compulsión de repetición. Cuando un elemento no puede ser evacuado  el aparato psíquico repite la tentativa de la descarga una y otra vez. Y la paradoja está en que, mismo siendo una tentativa de resolución de la tensión resulta en un intento fallido porque no hay alivio, no se consigue el equilibrio buscado y, a veces, por el contrario, se produce un aumento de la tensión por la imposibilidad de descarga.
Volviendo entonces a lo traumático. Es lo que no se puede procesar, lo que el código de la lengua no consigue capturar, lo que no tiene palabras que lo fijen  y le den sentido. El proceso secundario falla y el elemento traumático insiste. La repetición, en la tentativa evacuativa, preserva al aparato de un estallido, pero al mismo tiempo lo empobrece
Aparece aquí, con base en estos postulados, el concepto de simbolizaciones de transición, o puentes simbólicos, como manera de encontrar palabras para lo que no puede ser capturado en la trama psíquica con los recursos que el sujeto posee en ese momento, permitiendo, de esa manera, engarzar  aquello que está desprendido.  El proceso analítico es un proceso de transformación y de aumento de las posibilidades de simbolización. Las simbolizaciones de transición “posibilitan un nexo para la captura de los restos de lo real, y  tienen por sentido permitir la apropiación de un fragmento  representacional que no puede ser aprehendido por medio de la libre asociación, cuya significación escapa e insiste en muchos casos de modo compulsivo, y que a diferencia de la construcción -aún cuando en el límite mismo opere la teoría- se caracterizan por el empleo de auto-transplantes psíquicos, vale decir, de la implantación de contextos que han sido relatados o conocidos en el interior del proceso de la cura pero que no han sido aún relacionados con el elemento emergente”(5)
La idea vehiculada es que con los mismos elementos se produce algo distinto, algo nuevo.
Pensar estas primeras inscripciones en su estatuto tópico, o en su estatuto económico, no ha sido tarea menor. Y pensarlas en relación al otro sexuado y clivado, al adulto que amorosa y libidinalmente parasita a la cría en el momento de ofrecerle sus cuidados ha sido otro punto importante en las teorizaciones de Silvia Bleichmar.  Al mismo tiempo que toma en cuenta esta exogeneidad de proveniencia, consigue mantener la firmeza conceptual y clínica de que nuestro objeto es el psiquismo del paciente,  que lo que interesa  es el impacto del psiquismo parental sobre la subjetividad.  Retoma el concepto laplanchiano de metábola: entre lo que ingresa al aparato psíquico y lo que se produce como resultado, hay un proceso de apropiación, transformación y metábola.
Así también, en un proceso de apropiación y metábola, el trabajo de Silvia Bleichmar produce “resonancias que permiten reorganizar, desde nuevos vértices, mis propios interrogantes, generando nuevas perspectivas de escucha y pensamiento”(6).
Si en este texto elegí el recorte a través del signo de percepción es, quizás, porque como marca de nuestros primeros encuentros, fue lo que se activó más rápidamente como recuerdo. No hay duda de que su pensamiento se despliega en muchos otros puntos conceptuales de importancia capital para el ejercicio y la metapsicología de la clínica. Resonancias importantes que tenemos la obligación de “hacerlas trabajar” y de transmitirlas a otras generaciones de analistas. Ese es el homenaje que sus compañeros de ruta le debemos.
Finalizo este escrito repitiendo, en este momento de mí para ella, las palabras con  que me dedicó uno de sus libros: “Para Silvia, con quien comparto la amistad y la historia. Con mi agradecimiento profundo generado a través del tiempo en el cual coincidimos y luchamos con lo mejor de nosotras. Con todo mi cariño”.
Con la certeza de que tenemos todavía mucho para compartir.

 

 

 

(1) “Del motivo de consulta a la razón de análisis”, en Revista Actualidad Psicológica, Nº 287, Buenos Aires, Junio de 2001.

(2) Derrida, Jaques: Mal de arquivo: uma impressão freudiana – Rio de Janeiro,  Relume Dumará, 2001.

(3) Bleichmar, Silvia: Simbolizaciones de transición: una clínica abierta a lo real  Publicado en Docta - Revista de Psicoanálisis - Editada por la Asociación Psicoanalítica de Córdoba, Año 2/ Otoño-Invierno 2004

(4) Bleichmar, Silvia: idem, op.cit.

(5) Bleichmar, Silvia: idem, op.cit.

(6) A. Brasileiro, H. Vettorazzo, M. C. Perdomo: Prólogo dos tradutores; in Bleichmar, S.: Clínica psicanalítica e Neogênese, São Paulo, Annablume, 2005.