Silvia Bleichmar. “Trabajo de filiación”

Luis Hornstein (1)

   

[Nuestro tiempo es] “el del inventario por hacer y de la herencia por recibir de los tres grandes dogmatismos en vías de desaparición: ego-psychology, kleinianismo y lacanismo. No por placer de destruir revelando las debilidades y aporías de los sistemas, pero tampoco en el afán de rehacer un edificio ecléctico, ni en la pretensión de acampar tiritando sobre las ruinas de toda teoría, envueltos en la delgada tela remendada y llena de agujeros de la ‘clínica’. Venir después de otros no es ni una fuente de riqueza ni una maldición, pero puede ser un privilegio si uno se sabe situar, con relación a ellos, en la posición precisa, significativa, que lo habilite para hacer trabajar sus propuestas, y aun para ponerlas a trabajar nuevamente”.

Jean Laplanche. Prólogo a En los orígenes del sujeto psíquico, de Silvia Bleichmar

En su vida, en su práctica, en sus libros, Silvia Bleichmar llevó a cabo un “trabajo de filiación” (la noción es de Laplanche, uno de sus maestros), es decir, la elaboración psíquica que permite el desasimiento del progenitor –padres pero también autores y maestros- prosiguiendo su obra.
Silvia fue (sigue siendo) una psicoanalista de frontera, una psicoanalista con tierra y con alas, no expurgada por ninguna parroquia, allí donde los adeptos no se interesan por otros adeptos ni  por las investigaciones de otras escuelas. Allí donde no hay verdadero debate. Un “adepto” se adhiere a una doctrina y establece una relación privilegiada con su grupo separándose de su mundo habitual. Enajena su singularidad en una identidad grupal: un microcosmos que posee un lenguaje, ritos y jerga. Ese psicoanálisis introvertido actúa como si no tuviera nada importante que aprender, como si estudiar fuera repasar, como si el psiquismo humano no cambiara. Así, en vez de debates hay peleas. Peleas sobre quiénes son los verdaderos administradores de lo ya dicho (Freud, Lacan, Klein).
Pero la clínica nunca es pasiva. Y la clínica actual nos interpela. Sacude nuestra modorra y nos exige “honrar la vida”(título de la canción de Eladia Blázquez). La de Silvia fue lucha, búsquedas y descubrimientos. Muchos debates atravesaron su obra y la nutrieron: relación realidad-fantasía; teoría del sujeto; repetición o neogénesis; tiempos reales o míticos; series complementarias (historia lineal o recursiva); relación verdad material-verdad histórico vivencial-realidad psíquica; constitución del inconsciente. Aquí no puedo más que mencionarlos, lo que puede resultar frío, si se olvida que las nociones son creaciones, criaturas, el fruto de un parto. E implican una cuota de dolor.

 

La Argentina me duele
“Me duele España.”
Miguel de Unamuno

No hay teorización que no se inscriba en un momento histórico-cultural. Sólo la pretensión formalizadora, empantanada en un formalismo ahistórico, puede suponer que las ciencias se agotan en sus estructuras conceptuales, como si los conceptos surgiesen y se desarrollasen puros e incontaminados a partir de científicos extraterritoriales.
Decir que lo social se incluye en la subjetividad no aclara el problema. Lo posterga. Esos enunciados globales, totalizadores taponan, sin investigarlos, los agujeros negros. Así también el psicoanálisis debe despojarse de la tentación de hacer derivar lo humano de instintos, la que conduce a la naturalización y eternización de las formas históricamente transitorias de existencia del psiquismo.
Más que recordar el pensamiento de Silvia, estamos usándolo y  haciendo, una vez más, un balance del patrimonio psicoanalítico. ¿Cuánto nos queda en nuestras arcas? Porque –además de un mundo asolado por destrucciones y miserias- tenemos arcas, tenemos una herencia que debemos cuidar. El psicoanálisis es una práctica entre otras, a las que afecta y por las que es afectada. Más que insertar al psicoanálisis en la cultura, se trata de no seguir negando que está inserto. Y de abrir nuestras lecturas y nuestras ventanas, no tanto porque la multidisciplina sea posible sino porque es necesaria.
Cada época tiene su malestar en la cultura. El de la nuestra suele generar un remordimiento erotizado cuando el psicoanalista, inerme, pierde la iniciativa. La de volver a poner en pie al pensamiento como instrumento crítico-creador. Y no recobraremos la iniciativa con exhortaciones sino pensando, pensando –como Freud- a partir de otras ideas y no sólo de las nuestras. El psicoanálisis no es una excepción. Su autonomía, como la de cualquier dominio científico, es relativa. De ahí que si no establece fecundos intercambios con aportes procedentes de otras disciplinas, puede comerse la cola. No se trata, claro, ni de lecturas enciclopédicas ni de ocurrentes eclecticismos. Se trata de indicar puntos de articulación con las distintas prácticas. Es especialmente en esas fronteras, allí donde las pertinencias de los distintos discursos se encuentran, donde se debe eludir la tentación de suplir las carencias conceptuales mediante la utilización de nociones vagas usadas en forma retórico-analógica. El sujeto no es pensable fuera de lo socio-histórico entramando prácticas o discursos, deseos, sexualidad, ideales, valores, ideología, poder, identidad, prohibiciones. Dicho de otro modo, el sujeto no es sin lo político, lo económico y lo ideológico.
En 2002, Silvia le salió al cruce a esa crisis tremenda, a ese tsunami que sufrió la Argentina, con un libro inteligente y jugado: Dolor país. “Dolor país”, “tristeza país”, “sufrimiento país”. El que quiso no enfrentar esa crisis, borrarse, tuvo que recurrir, por así decirlo, a mucha escisión y desmentida. Encerrarse en un bunker al que no llegara el afuera, sus catástrofes diversas, sus duelos masivos. Hemos trabajado, teórica y clínicamente, “dentro” de esa catástrofe multidimensional (política, social, económica y ética). Claro, no somos más que psicoanalistas, y el psicoanálisis no debe ser una cosmovisión. Pero tampoco es el caso de que la ciencia económica o la gestión política se arroguen un papel totalizante. Nuevamente pensar.
Dolor país relaciona la cuota diaria de sufrimiento de los habitantes y la insensibilidad (o incapacidad) de los responsables. “Malestar sobrante” no sólo apunta a la dificultad de acceder a ciertos bienes sino el ser despojado de un proyecto. ¿Cómo evitar que el malestar sobrante devore el pensamiento? ¿Cómo historizar sin que la nostalgia corte las alas de la creación? “Escribo porque creo que aún podemos ser quienes somos, y no lamentarnos más por lo que dejamos de ser”. Silvia ejerció la historia, no la nostalgia. De nuestros padres y abuelos dijo: “Ya no somos menos que ellos”. Tuvimos hambre y guerras, tuvimos fascismo, persecuciones, desaparecidos, terrorismo de estado, miseria, exilios, éxodos. Silvia no se cruzó de brazos ante estos procesos destructores de subjetividad.
El año 2002 comenzó socavado por la desocupación, por la pauperización generalizada, por la decepción con la corporación política y su imposibilidad de mirar otra cosa que sus prebendas y sus rituales, tan peligrosos como las prebendas. La salida no era mirar para atras sino investir un futuro. Para vivir, para que la vida tenga sentido, debe haber proyectos, futuro… ¿Lo había? Sólo tristeza, angustia y pánico. Planes de fuga: el exilio ideológico fue reemplazado por un éxodo del “sálvese quien pueda”. Nadie sabía a qué atenerse.
“Dolor país” y “dolor Freud”. Dolor país: dolor, país, pero también teoría. La mirada “sociológica”, incluso política, no está mechada con nociones psicoanalíticas. Está imbricada, articulada con ellas. Y entonces las nociones están vivas: producción y destrucción de subjetividad, identificación, historización, rehistorización, traumatismos, realidad, bombardeo constante de ideales, dificultad de investir el futuro. ¡Contamos con la ilusión! Es el  punto de partida para la transformación de la realidad. Según Freud, la ilusión corresponde al campo del deseo, a diferencia del error, que es cognitivo.
En Dolor país, Silvia nos abre a dos realidades. Una realidad que, impidiendo imaginar un futuro (malestar sobrante), aniquila psiquismo y pensamiento. Y otra realidad cuyos ruidos simbolizantes posibilitan una complejización del sujeto. Dicho de otro modo, la cultura es una trama: pulsional, ética, erotizante o de defusión pulsional. Esa trama puede ser productora de un narcisismo trófico que apuntala identidades, proyectos, ideales o portadora de un narcisismo desorganizante que desmantela coherencias, límites y valores.       
Silvia encara (piensa) las secuelas del  terrorismo de estado, de la hiperinflación, del terror en todas sus facetas, de la corrupción y de la fragilidad institucional. Usa conceptos-herramientas que no son meras contraseñas. Nada de guiños cómplices. Solidaridad en vez de complicidad.

Desde la tradición a las fronteras

Heredera de la mejor tradición clínica argentina y de la rigurosidad conceptual de cierto psicoanálisis francés, Silvia Bleichmar hizo su “trabajo de filiación”. Propuso una reflexión sobre los vínculos entre historia, sexualidad, narcisismo, traumatismos. Teorizó sobre las conmociones  (pulsionales, sociales, ideológicas) que afronta el psiquismo en su devenir. La producción de subjetividad consiste justamente en tramitar esas conmociones logrando una complejidad simbolizante: “El psiquismo se organiza de lo complejo a lo complejo”.
Y así fue para alumnos y colegas una alternativa a ese mundillo psicoanalítico que oscila entre la crispación y el desánimo. Invitó (sigue invitando) a combatir la perplejidad eludiendo los renuncios nostálgicos que no son sino la renuncia a la reflexión crítica. Apostó a la incómoda complejidad de las teorías y a las incómodas teorías de la complejidad. Una teoría compleja requiere una recreación permanente. (La simplificación tecnológica conserva de la teoría solo lo que es operacional, con lo que deviene un recetario técnico. En la simplificación dogmática el universo conceptual impone su propia idealidad sobre la práctica en lugar de entrar con ella en un fructífero diálogo. Sin que uno lo advierta, aprender podría convertirse en repetir.)
Contemporánea de su tiempo, conjugó rigor metapsicológico y plasticidad técnica, en lugar de técnica rígida y confusión teórica en relación a los fundamentos. Transformó urgencias desorganizantes en desafíos teóricos, pensando, sin ninguna piedra filosofal. El psicoanálisis no puede atravesar ciertas crisis histórico-sociales como si nada le hubiera pasado y no me refiero sólo a la práctica, sino también a su teoría. Pensar nuestra clínica, pensar ese conjunto de ejes propios y heredados. Lograrlo implica no sólo administrar una tradición y un patrimonio sino hacerla trabajar desde el presente.

Historizar en psicoanálisis e historizar el psicoanálisis

Silvia Bleichmar afrontó múltiples problemáticas, lúcidamente, lúdicamente. Uno de sus ejes es la fundación de la subjetividad a partir del otro primordial. Explora la represión originaria y su relación con los movimientos previos y posteriores que la fundan y consolidan. Esa historia acontece en tiempos reales y sus falencias repercutirán de diversa manera en la constitución psíquica. El niño se protege creando representaciones simbólicas. En tanto la madre, por su propia angustia, no pueda ser escudo protector contra la excitación, habrá fragilidad en la organización psíquica. El “cachorro” metaboliza los “ruidos” del cuerpo de la cultura, de la historia, del lenguaje. Una historia no reductible a la historia de la especie.
Intrépida, más que intrépida psicoanalista, Silvia no se asustó con los bordes de la clínica, los bordes de la teoría, las fronteras lábiles. Los pensó como fundantes. Elaboró sus propios conceptos situando con precisión sus debates principales: con el innatismo kleiniano, con el estructuralismo lacaniano, con el reduccionismo nosografista, con un pragmatismo del “todo vale”. Y así promovió una limpieza de paradigmas:
“Gran parte de la inteligencia psicoanalítica está trabada por el engorro de paradigmas que ya no sostienen su racionalidad ni teórica ni práctica, a los cuales hay que dar vuelta para que se tornen nuevamente fecundos”.
Propuesta que la llevó a sumergirse en el horizonte epistemológico contemporáneo: la complejidad, el azar y el determinismo, lo reversible e irreversible, los sistemas abiertos o cerrados. Y entonces pudo pensar la historia como producto de tiempos reales, destinado a una historización posterior. La cura resimboliza lo traumático a partir de una descomposición y recomposición que liga de un modo diverso las inscripciones previas. Una historia no lineal sino recursiva.
Nunca “creyó” que lo infantil es como una matriz, que sólo lo inicial permanece y a que las experiencias posteriores, a veces intensísimas, les estuviera prohibido ser fundantes. Ahí la asistió la noción de psiquismo como sistema abierto. Lo actual fue tomando otro lugar, en su teoría y en su clínica. Un bucle autoorganizador reemplaza la linealidad causa-efecto por la recursividad. Los productos son productores de aquello que lo produce.

La historia (la historia social o la del paciente) no es una estructura inmutable ni un caos de acontecimientos aleatorios, aunque nos dé trabajo atender a lo que a la vez permanece y cambia. La crítica al determinismo la condujo a repensar las series complementarias. Postular un determinismo causal absoluto implica postular que todo fenómeno puede ser predicho. Un fatalismo determinista. En esta analista libre de esos prejuicios, la creación, lo nuevo, son posibles y no meras expresiones de deseo. Una subjetividad que no pudiera transformarse estaría condenada a una clausura mortífera.
Hubo, sí, una concepción ingenua de la historia. ¿Aboliremos por eso toda forma de pensamiento histórico? Para los psicoanalistas la historicidad supone una subjetividad capaz de pensar (y crear) su presente, su pasado y su futuro.
Para algunos, historizar en psicoanálisis es ofrecer al paciente un relato verosímil, coherente, que corre el riesgo de ser sólo una elaboración secundaria, una proyección de la teoría del sujeto a este sujeto, una fantasía del analista. Otros analistas se dejan afectar por las  huellas de ese pasado concreto, no se las sacan de encima. Son imaginativos en su manera de reunir el material, pero no imaginan el material, no lo inventan. Están atentos a cómo desde el comienzo de la vida el sujeto enfrentó ciertos duelos, privilegió ciertos mecanismos de defensa, tramó una realidad vincular. Y entonces sí esbozan una nueva versión.
Verdad histórica. Se pueden diferenciar dos posiciones. Una concibe la construcción como develamiento de una verdad preexistente sepultada por la amnesia infantil, una recuperación del pasado en la cual nada nuevo se produce. La otra posición sostiene que la verdad histórica se construye partiendo de las inscripciones del pasado, pero que es el trabajo compartido paciente-analista el que generará –apoyándose, desde luego, en esas huellas- nuevas simbolizaciones. Para que lo verosímil devenga verdadero debe recomponer lo histórico-vivencial en un proceso elaborativo que abra nuevos modos de circulación entre los sistemas psíquicos. Si bien la verdad histórica no estaba “contenida” en el inconsciente, éste contiene las inscripciones del pasado a partir de las cuales se elaborará la verdad histórica (Bleichmar, 1990).

La subjetividad no se crea de la nada, implica inscripciones, ligazones. Estos movimientos fundantes fueron precisamente el centro de la investigación de Silvia. La sexualidad se afirma incipientemente en la autoconservación, pero su objeto es el objeto perdido y fantaseado. El autoerotismo remite a esa dimensión fantasmática: el objeto es abandonado y se produce un vuelco hacia la fantasía. El autoerotismo es un estado secundario, primario para la sexualidad, pero no para el ser humano, ya que presupone un vínculo con otro que cuida. La pulsión es efecto de la intrusión sexualizante del otro, desprendida de la biología y enraizada en una historia singular.
El otro está siempre en el horizonte, sea como instituyente de la sexualidad, sea como propiciante de las ligaduras simbolizantes. Paradoja materna: alivia la necesidad introduciendo la sexualidad, una sexualidad abierta a incontables simbolizaciones. Las funciones sexualizantes y narcisizantes de la madre como premisas de partida de los sistemas psíquicos del niño ubican al narcisismo como tiempo segundo de la sexualidad humana, tiempo abierto, a su vez, sobre el Edipo complejo y las instancias ideales que de él derivan (Bleichmar, 1993).
El yo se constituye sobre la base de las ligaduras entre sistemas de representaciones preexistentes. En los comienzos de la vida es el otro el que produce inhibiciones y propicia ligaduras del decurso excitatorio. Otro que no sólo provee los recursos para la vida sino que inscribe estos recursos en su potencialidad de “pulsión de vida”. Si la madre no ejerciera un “narcisismo trasvasante”, si se redujera a una pulsación sexualizante, instalaría la pulsión pero no otorgaría los elementos ligadores ni generaría el entramado sobre el cual la represión originaria vendrá a constituir las diferencias tópicas. Para que la represión se instaure se requiere un narcisismo materno capaz de hacer circular al hijo en tanto parte, parte desprendida de ella misma. Mediante esa identificación se generan las condiciones para la producción de un psiquismo abierto a nuevas recomposiciones (Bleichmar, 1993).

Silvia también actualizó, puso al día, la teoría de la constitución masculina. Por ejemplo, diferenció entre fantasmas de masculinización y fantasías homosexuales. La producción de masculinidad supone una introyección fantasmática anal del pene paterno. Se pueden distinguir tres tiempos: 1) Identidad de género: núcleo del yo. 2) Descubrimiento de la diferencia sexual que se divide en el fantasma de incorporación del pene paterno y valoración fálica del pene por la madre. 3) Al ser hombre: un proyecto identificatorio que implica identificaciones secundarias.

De la curiosidad a la inteligencia

El pensamiento, demasiado asociado a la noción de intelectualización como mecanismo obsesivo, pocas veces es pensado por el psicoanálisis. La mayoría de los artículos equiparan la intelectualidad con la intelectualización neurótica o casi no se alejan de ese punto de partida. Silvia fue más lejos. Lo intelectual implica una búsqueda infantil y primitiva derivada hacia objetos actuales. La pulsión de saber está marcada por aquello que desde la infancia dejó como efecto un diálogo interiorizado con quienes supusieron detentar el sujeto supuesto saber. Y es posible diferenciar entre la racionalización intelectualizante y el pensamiento creativo. Nos era conocida la racionalización, cuando el placer manipulatorio de las ideas procede del evitamiento fóbico de lo pulsional que defiende al yo contra la irrupción incontrolada (no sólo del afecto, también del pensamiento). Silvia exploró otra frontera, la del pensamiento libre.
La inteligencia no está en contigüidad con la naturaleza. Su poder no es tanto el de recrear la realidad como el de reinventarla. Comienza temprano, el primer día. La curiosidad infantil intenta responder a la pregunta acerca del origen. Además de leche y sueño, la psiquis pide sentido; necesita organizar todo aquello que se presenta desordenado. Esa temporalización va siempre acompañada con la socialización de la psiquis, que le brinda un mundo cada vez más diferenciado y que la obliga a reconocerlo. La madre, en tanto acepta la alteridad del niño, inviste el pensamiento de su hijo. Y hay un placer de pensar, siempre y cuando el pensamiento aporte la prueba de que no es la simple repetición de un ya pensado.
La curiosidad no es natural sino producto de la inclusión del tercero, que opera como discriminador-separador. Para que el niño formule sus preguntas tiene que haber un resquicio por donde la intimidad materna se transforma en alteridad, y así como la obturación de toda curiosidad una vez despertada puede llevar a la inhibición intelectual, la no aparición de esa abertura impide la aparición de toda curiosidad (Bleichmar,1986).
La pulsión de saber está sostenida por la pulsión visual y los intereses egoístas. Primer engaño y rechazo. Desconfianza. La sensación de no ser un “niño bueno”. Conflictos mil. En el mejor de los casos, no siempre, de los conflictos nace la autonomía intelectual, el pensar se emancipa y deviene pulsión de investigar. El primer desafío del niño es pensar desde su cuerpo (teorías sexuales infantiles), enfrentando al discurso de los adultos. (Y sin abusar mucho de la analogía, el primer desafío de los psicoanalistas es pensar desde ese “cuerpo” que es su práctica, enfrentando los discursos “prestigiosos”.)

Hasta siempre, Silvia

Sí, estamos de duelo, en todos los sentidos del duelo. Sentimos la pérdida de Silvia, tratamos de poner palabras a lo que hemos perdido al perderla, la recordamos en muchas escenas, evocamos otras pérdidas. Y estamos raros en nuestro comportamiento social (individual y en grupos). Pero también afrontamos el duelo con un trabajo psíquico del que resultarán modificaciones subjetivas que todavía no conocemos.
Somos sus herederos, de vida y obra. Ella descubrió que podíamos abordar el pensamiento con nuestras propias herramientas. Trabajemos entonces psicoanalíticamente su obra. Los libros y los artículos de Silvia nunca nos dejan fríos, quizá porque en ellos, sin proponérselo, ejerció el pensamiento libre, es decir, la libertad de pensamiento. Y aunque la complejidad exija por momentos que el lector se detenga, para recuperar fuerzas, nunca quedará alelado, arrasado por esa violencia de la fascinación que practican otros autores. Se la lee con pasión. Hay pasión cuando nos identificamos con esa psicoanalista dispuesta a cuestionar lo dado, aunque duela. Dolor-Silvia.
¿Pasión? Parecería que enturbia la escucha, la mirada, y que lo propio de un investigador es la frialdad. Hay pasión cuando el objeto de placer deviene necesidad. ¿Existe esa relación en el conocimiento? Dije antes que la obra de Silvia continúa. ¿Qué objeto inviste la pasión de conocer? Si fuera sólo lo ya-pensado o lo ya-escrito o lo ya-descubierto, el sobreinvestimiento de lo producido detendría la interrogación. Esa es una de las raíces del dogmatismo (Castoriadis, 1997).
Sería una pena (no un dolor) que nos apegáramos a la figura. Una idealización alienante usurparía el lugar de la pulsión de saber. Deseo de no tener que pensar, Victoria de la pulsión de muerte. En vez de pensamiento, una actividad ecolálica, estereotipada, mimetizada con lo idealizado.
[El psicoanálisis] “ha llegado al nivel de un estado de creencia religiosa que se interpretaría en la cultura actual como un regreso a los adoctrinamientos sutiles donde la inteligencia se vuelve manía terrorista. No olvidar, en tal caso, a Spinoza: si lo que condeno es la ignorancia, estoy en el camino de la ciencia; si lo que condeno es la desobediencia, en el plano de la religión. Devenido el psicoanálisis en esa especie de creencia religiosa, no podemos menos que ubicar su carácter sintomal y, a partir de ello, como ante todo síntoma, poner de relieve las fuerzas en pugna que constituyen la dinámica de su conflicto”. (Bleichmar,1987)

Silvia promovió una historización y actualización de los fundamentos para problematizarlos y renovarlos haciendo que lo instituyente repercuta sobre la práctica y que ésta vuelva a actuar sobre los fundamentos. Si su obra dejara de ser punto de partida para ser un punto de llegada, se convertiría en una identificación imaginaria, cristalizada. Por el contrario, Silvia y su obra deben constituir una identificación fundante que remita a una filiación simbólica.
Elijamos. Silvia eligió. Leyó a Freud, a los posfreudianos. Profundizó problemáticas cruciales del psicoanálisis contemporáneo. Porque Freud no basta, estuvo con Lacan. Cuando se sintió atrapada, se destrabó. ”Trabajo de filiación”.

“Pequeño trozo de inmortalidad”

Todo sujeto se interroga si ha contribuido a forjar una historia, si es dueño o no de un “pequeño trozo de inmortalidad” como prolongación del proyecto identificatorio. El sujeto está dispuesto a morir, “pero quiere creer que algo de sí mismo permanecerá”. Ello lo obliga a prever un juicio que sólo será formulable después de su muerte. Escribió Piera Aulagnier: “Una vez escrita la última línea, no solamente el libro ya no es modificable, sino -y esto es más importante- el autor ya no tiene la posibilidad de gravitar sobre el juicio, sobre la interpretación de sus eventuales lectores”.
Heredar una obra exige definir sus principios, sus métodos, dando cuenta de sus fuentes, sus referencias conceptuales, sus fundamentos y sus finalidades. Heredar es efectuar una lectura problemática, histórica y crítica, diferenciando entre la historia caduca y el pasado actual (los conceptos aún válidos).

                                                  Y ahora, con dolor, con menos pena, me toca terminar el artículo, cerrarlo. Con otra cita de Silvia. Tengo una cita con Silvia. Y un compromiso: continuar.

“La discreta resignación de muchos discursos analíticos se asemeja más a la tolerancia senil de la decadencia que a la madurez crítica [...]. Si la asunción de una herencia implica trabajar para ganársela, no es tarea menor separar de ella lo inservible, lo que hace obstáculo a su despliegue pleno, sabiendo que quienes nos hicieron el legado intentaron darnos lo mejor, pero no pudieron dejar de concebir lo mejor en términos de la época que les tocó vivir y de la historia que los marcó. En la necesaria combinación entre la filiación –que siempre se establece sobre la base del amor- y la capacidad crítica –que no implica destrucción sino desconstrucción- reside el futuro de toda herencia”. (Bleichmar, S. 2006)

 

(1)  luishornstein@ciudad.com.ar