Entrevista con Silvia Bleichmar, por Alberto Catena
Revista Cabal, 2005

Un malestar que crece y nos invade

 

Los cambios operados durante los últimos años en las condiciones de existencia de la sociedad argentina, con su secuela devastadora de desocupación, marginalidad y cosificación de las personas, han provocado padecimientos de tal magnitud que vastos sectores de la población sufren hoy una situación inédita de malestar psíquico, tanto por la cantidad como por las características de los cuadros que se presentan. Como consecuencia de este panorama, no pocos especialistas definen ya desde hace un tiempo a esos padecimientos como verdaderos procesos de desconstrucción de la subjetividad, o sea de mutación de los ejes sobre los que el sujeto psíquico organiza su relación habitual con la realidad. Lo cual constituye un signo de alarma preocupante, porque nunca tal vez como hasta ahora la estabilidad mental y emocional de tantas personas había atravesado ese estado de grave riesgo.
Una de las profesionales que con mayor profundidad ha estudiado esos efectos sobre la subjetividad, intentando a su vez avizorar los posibles modos de recomposición, es Silvia Bleichmar, una reconocida psicoanalista e intelectual con quien esta revista ha tenido el gusto de charlar en otras ocasiones. El libro La subjetividad en riesgo, un conjunto de textos escritos por ella entre 1994 y 2004 por la Editorial Topía, es una clara muestra esa preocupación suya por el tema y de los sólidos aportes realizados por su trabajo. Teniendo en cuenta esta circunstancia, Cabal consideró oportuno volver a conversar con la autora de ese libro para conocer algunas de las conclusiones a las que ha arribado en sus exploraciones del problema. Lo que sigue es una síntesis de esa charla.

¿Hay realmente un cambio en las patologías del psiquismo que se venían observando hasta ahora? ¿Y si lo hay a qué se deben?
Creo que hay un cambio en esas patologías. Lo que se discute es cuál es su etiología, las causas que provocan esos nuevos trastornos. Para mi es claro que han sido producidas, en lo fundamental, por las bruscas modificaciones en las condiciones de vida de la sociedad. Es evidente que hay patologías como la esquizofrenia o los autismos infantiles en los que se pueden descubrir componentes predominantemente biológicos, sin que sean en sí mismos  causales últimos. Pero en todas las demás enfermedades psíquicas las determinaciones representacionales, de origen social, son determinantes. Los cuadros que vemos a diario de depresiones, ataques de pánico o ansiedades agudas, por sólo citar algunos o los más frecuentes, no se producen por razones genéticas sino que se precipitan como consecuencia de las intensas mutaciones sociales que se han generado en el mundo y que, en nuestro país, como es posible recordar si ubicamos la memoria en la última década del siglo pasado y los comienzos del actual, alcanzaron contornos de catástrofe histórica. El estado de indefensión general en que sumió a millones de personas esa terrible metamorfosis en las formas de vida dejó al psiquismo inerme y expuesto a toda clase de inestabilidades.

Usted ha definido a esa situación diciendo que nuestra sociedad soporta un malestar sobrante. ¿Podría extenderse un poco en este concepto?
Se trata de un sobremalestar que es efecto del exceso de costo que provoca en las personas el hecho mismo de tener que existir y que no está determinado sólo por las dificultades de supervivencia, sino por una imposibilidad de estabilización de la vida psíquica. Ese malestar llevó a que, entre el 2001 y el 2003, se incrementara de modo notable el empleo de ansiolíticos y antidepresivos. Pero como ya hemos dicho: aquí el problema no es de orden biológico. Uno de los detalles que más impresiona es que la gente recurre a la terapia como el último reducto probable de humanización. Y allí, en vez de encontrar comprensión a su problema, suele encontrarse con profesionales que le ofrecen como única solución posible a su problema el uso de pastillas. Es como si se les respondiera: “Usted es un organismo biológico, no es un ser humano que sufre”. Por supuesto que estamos contentos con el avance de la genética y la neurobiología, con que haya una mejor medicación y se puedan recetar antidepresivos de primer nivel o antipsicóticos que no producen efectos secundarios. Pero no me refiero a eso sino a otra cosa, a cómo un sujeto que va en busca del reconocimiento de su sufrimiento se halla con frecuencia frente a alguien que lo coloca en una serie, dentro de un conjunto que está definido nada más que por su cuerpo biológico, diluido en el anonimato de la especie.

¿Es posible que esos sufrimientos produzcan alteraciones en las representaciones habituales -o que tal vez podríamos definir como normales- de los individuos?
Es sabido que la subjetividad está atravesada por modos históricos de representación, formas de pensar, clasificar o relacionarse con el mundo que son instituidas socialmente y que el sujeto psíquico utiliza a diario para operar en su intercambio con la realidad. Esas formas son constitutivas del sujeto y de su identidad. Se es hombre o mujer, católico o protestante, argentino o mexicano, hijo o hermano. Y “se es” quiere decir que el yo queda articulado, en sus enunciados de base, a una red de representaciones que determina su existencia como tal. Cuando esas representaciones, esas ligaduras que entretejen la existencia, son cuestionadas o modificadas por los cambios abruptos en las condiciones que las nutren, el individuo se siente expulsado de su identidad, de aquella constelación que organizaban sus lazos con el mundo. Esto lleva a que el conjunto del aparato psíquico entre en naufragio y sufra graves desestructuraciones.

¿Cuál es el signo más marcado de ese vacío representacional?
En los adolescentes, sobre todo, tal vez radique en que se ven sumergidos en un discurso parental que se ha deslizado, inevitablemente, hacia el plano de lo autoconservativo. A lo autoconservativo inmediato cuando se teme que el chico ande por la calle porque allí puede ser matado o robado o quedar expuesto a situaciones impensadas de desprotección extrema. Y a lo autoconservativo mediato cuando se le plantea a los jóvenes que el sentido de la vida actual está regido por la necesidad evitar la caída, en el futuro, de la cadena productiva. Pero lo autoconservativo no sólo en ese sentido, sino en uno más grave: el de no transmitirle al infante o al joven en su formación la perspectiva de convertirse en lo que antes hubiéramos denominado un “hombre de bien”, un ser humano que protagoniza una vida con sentido, con ideales a cumplir. En cambio, lo que se le enseña es simplemente a sobrevivir, a evitar que se lo expulse del sistema. Y la felicidad no es una cuestión de goce inmediato, es la posibilidad de proyectarse hacia el futuro. Pero, es cierto: vivimos en una sociedad sin futuro, ese es el problema central. La falta de trabajo o la ausencia en general de perspectivas provocan la imposibilidad de echar raíces. Para muchos jóvenes que aún piensan en el futuro el país se ha convertido en un lugar transitorio y para los que tienen vedado ese horizonte en un espacio sin sentido.

¿Usted percibe que esa falta de sentido se nota en todas las edades?
En todas. La carencia de sentido ya no es un problema de la vejez, sino especialmente de los jóvenes que sufren la falta de un proyecto de vida. El incremento del alcoholismo y la droga está relacionado con ese problema. La droga es incluso un recurso al que se llega en muchas ocasiones para lograr mejores resultados productivos en lo laboral. Algunos individuos usan estimulantes, anfetaminas,  ansiolíticos u otros fármacos como drogas para poder tolerar las tensiones del trabajo. Y lo paradójico muchas veces es que apelando a esos elementos ganan en tranquilidad pero pierden vitalidad, esa adrenalina que se requiere para las situaciones complicadas o muy dinámicas. El uso de la droga como paliativo tiene que ver justamente con que no hay capacidad en el mundo para resolver ese malestar. Porque los terapeutas no alcanzamos y además el sistema exige resoluciones rápidas y funcionales. No hay pues salida de fondo al problema sino se opera sobre lo social.

Es que en lo social hay una diferencia abismal con lo que era este país hace sólo algunas décadas. Muchísimas de las referencias que tuvieron peso decisivo en la formación de mucha gente han desaparecido.
Si se piensa bien, venimos de un país donde fuimos formados no a ganar fortunas sino el premio Nobel. La aspiración de esta sociedad, o por lo menos de buena parte de ella, tenía más que ver con los incentivos morales, con la preocupación de superar a las generaciones anteriores, no sólo en lo económico sino también en el nivel de conocimientos. Claro, eso era cuando el país tenía la posibilidad de pensar que todos iban a poder comer y tener trabajo. El problema es que el trabajo infantil -porque la escuela es hoy trabajo infantil- se ha convertido en puro valor de cambio. Por eso aparece esa pregunta pragmática que suelen hacer todos los chicos: “Y para qué me sirve que me enseñen tal cosa si nunca me voy a dedicar a eso”. Es una pregunta que marca el fracaso de una cultura. El sujeto se reduce a lo más básico y no se pregunta por lo que está más allá. Y esa marca se inscribe en los modos de circulación de los discursos. El problema de la identidad viene también de ahí. La desconstrucción de la subjetividad surge de varias maneras. Por un lado aparece en los adultos como resultado de la transitoriedad de todo estatuto de vida. Nadie es necesariamente aquello en lo que trabaja. Siempre cuento la anécdota de un taxista (un joven de unos 35 años) al que le pregunté cómo sabía tanto de un tema y me contestó: “Yo fui sociólogo”. No me dijo: “Soy un sociólogo que maneja un taxi”. Es muy impactante. Allí hay un proceso de desidentificación. Fui algo que ya no soy. La gente siente que la destitución laboral es una destitución subjetiva y de la identidad.

¿Eso se puede trasladar también al plano de la niñez o la adolescencia?
Claro. Todos los elementos simbólicos que acompañan la vida se vuelven banales debido a una ideología pragmática que sólo privilegia el logro de fines materiales. Hay una pérdida muy severa en ese sentido. La mayoría de los chicos que están hoy en la calle y no estudian ni trabajan tienen entre 13 y 18 años. En ellos, la falta de estudio está dada, básicamente, por la renuncia al futuro. Se ha perdido la idea de que se pueda progresar en este país. Para qué voy a hacer esto si no hay nada adelante: hay otros que lo han hecho y les ha ido mal, piensan esos chicos. Es este despojo del sentido de la acción lo que produce el mayor nivel de perturbación entre los adolescentes.  Para los que no trabajan ni estudian la desesperanza y la desmotivación son enormes, porque lo que se ha perdido es esa idea de que las cosas pueden cambiar.    

¿Y en los que trabajan cómo se refleja el problema?
Tienen también una fuerte inseguridad por el porvenir, porque ni los trabajos ni las geografías son estables. Una gran cantidad de personas no saben adónde van a ir a vivir en el futuro. ¿Por qué? Porque si antiguamente existían los trabajadores golondrinas, hoy existen los profesionales golondrinas. Muchas compañías trasladan constantemente a su personal. Los profesionales se desplazan todo el tiempo buscando posibilidades de distinto tipo. En las universidades los profesores dan clases hoy acá y mañana allá. El trabajo no está garantizado en la región. Ni siquiera hay una emigración en busca de mejores condiciones, sino que se está a la espera de que el cambio de condiciones determine la emigración. Con lo cual todos los enlaces se vuelven frágiles. Sabemos que no hay ningún tipo de garantía laboral. Se han acabado los modos tradicionales de trabajo, nadie piensa que lo que hace es para siempre. Entonces, esto por un lado implica una cierta libertad de elección, al menos en la vida amorosa, pero al mismo tiempo plantea una futilidad de los vínculos. Nadie tiene garantizado ningún lugar. Esta situación incrementa los cuadros de ansiedad y angustia. Y cuando se siente angustia se recurre a los ansiolíticos. Lo llamativo de todo esto es que mucha gente toma como normal esta situación, siendo que no lo es en absoluto.

En su libro “La subjetividad en riesgo” afirma también que hoy existe una verdadera expropiación del pensamiento. ¿Cómo es eso?
En el siglo XlX se descubrió que en el trabajador la expropiación del producto de  su trabajo por otras personas -los dueños de los medios de producción-  producía un proceso de alienación, de enajenamiento. Hoy, en cambio, el sujeto es despojado de algo más que de ese producto, es despojado de su capacidad simbólica. Antes, el obrero podía jugar a pensar en otra cosa mientras trabajaba. Recordemos la famosa imagen de la película de Elio Petri, La clase obrera va al paraíso donde un obrero para huir de la rutina piensa que cada pieza que coloca al bajar una palanca es el trasero de una mujer. “Una pieza, un culo, una pieza, un culo”, dice. En cambio, ahora somos maquila simbólica. Ese es el lugar que se nos ha dado a los argentinos en el Primer Mundo: el de maquila simbólica. Son los casos de abogados que trabajan como empleados 12 o 14 horas para grandes estudios, arquitectos que hacen planos de grandes edificios que nunca verán (los norteamericanos usan mucho estos servicios por su bajo costo), jóvenes que trabajan en actividades de computación para empresas que se quedan con sus aportes y otros muchos casos donde la gente pone su capital intelectual al servicio de firmas que le expropian la creación. Con lo cual, se pierde el último reducto de libertad, que es el de la autonomía del pensamiento. Mientras se está haciendo lo que se hace no se puede pensar en otra cosa, si se va a salir a la noche o cumplir otro plan. El pensamiento está parasitado durante muchas por los que lo expropian, lo sorben como vampiros.

Los individuos funcionarían allí como inseminadores artificiales.
Exactamente. Es como si hubiera en vez de un banco de esperma un banco de producción simbólica que drena todo el tiempo y es aprovechado por los que se quedan con sus creaciones. Es una imagen mucho más catastrófica, porque uno de los puntos que está planteado allí es que no hay posibilidad de supervivencia representacional en ese marco. El sujeto desaparece. Uno de los reproches que oigo con más frecuencia de ciertos empleados es que tienen la sensación de que a las empresas donde trabajan les importa un rábano lo que son ellos como personas. Se sienten piezas fácilmente desplazables o reemplazables. Nadie les pregunta, después de 12 horas de trabajo, si están cansados o cómo se sienten para mañana. La sensación es que no representan nada para el otro. Por eso hay tantos jóvenes que se rehúsan a articular estas relaciones y tratan de sobrevivir dentro de campos que no les implique ese sometimiento.

¿Esas políticas no conducen también a la descomposición de las relaciones con el semejante?
Sí, se empieza a desvalorizar al otro como lugar amoroso a ser protegido en tanto baluarte de vida. En el campo laboral, la atomización y el aislamiento que producen la competencia, la preocupación por conservar lo que se tiene, llevan a que muchas veces el individuo haga la vista gorda sobre lo que le ocurre a los demás. En tiempos más o menos normales, la conservación de la vida y la preservación de los principios que constituyen la identidad mantienen un equilibrio que sostiene la unidad psíquica. Se puede ser madre sin entregar al marido para salvar al hijo o se puede mantener un trabajo sin necesidad de tener que actuar como cómplice o testigo indiferente de una injusticia.

Eso en quienes pueden sentir contradicciones en su conducta, pero están los que están convencidos de que deben actuar así.
Lo que pasa es que el sistema mide por desempeño. Entonces alguien puede estar profundamente perturbado y no entrar en obsolescencia. Porque lo que define la inserción es la performance. Es lo que ocurrió con Junior, en Carmen de Patagones: como  le iba bien en el estudio, a la Escuela no le preocupó ver los aspectos enfermos, tener una mirada más amplia. Pero alguien que tiene un excelente desempeño puede estar racionalizando su aislamiento en la dedicación absoluta  a la empresa, sería lo único que para él vale la pena, más que tener vínculos de amistad y solidaridad. Esa racionalización le sirve como tapón a una patología que en general termina por estallar. Es la ilusión robinsoniana llevada al extremo. Lo brutal se produce cuando ese individuo es arrojado por el sistema. El quiebre es sobrecogedor. A mi me hace acordar a lo que describía Bruno Bettelheim respecto de los campos de concentración. El dividía a los prisioneros de los campos en tres categorías: a) los militantes, que aunque la pasaban muy mal, sentían que estaban allí porque eran peligrosos para el sistema, y eso les mantenía la moral; b) la aristocracia, que estaba más allá de todo; y c) los que habían creído en el sistema. Estos, que eran los miembros de clase media que habían compartido el proyecto nazi y por alguna razón habían terminado luego con sus huesos allí, eran los que peor se quebraban anímicamente. Se les decía los “musulmanes”, porque hacían un repliegue hacia adentro. A estos yo los comparo con esos que creen que se pueden salvar porque hacen todo lo que el sistema les pide y luego son expulsados de él. Lo más patético es que al ser expulsados del sistema estos individuos suelen melancolizarse porque creen que son ellos los que tienen la culpa de su fracaso, que no hicieron lo suficiente para lograr lo que le pedían.

Una de las preguntas que suele hacerse las personas frente a tanto malestar, frente a tantas deserciones, si la idea del progreso humano, en lo espiritual, no ha llegado a un punto de estancamiento. ¿Usted sigue creyendo en ese ideal de progreso humano?
No he abandonado la idea de progreso humano tal como la pensaba Hegel o el iluminismo. Pero no creo que ese progreso sea lineal ni inevitable. Ese fue un error en el que cayeron algunas personas, que decían que había que esperar a que se dieran las condiciones más favorables para que ese progreso se instalara y no producirlas. Eso como se ha visto no ocurrió así. Hoy me acerco más al concepto de Castoriadis de “creación histórica” o lo que Stephen J. Gould llama “evolución en discontinuidad”. No creo que haya continuidad lineal. Pensar de ese modo lleva al determinismo. Creo en un progreso que se construye (o no se construye) y que el hombre impulsa por decisión propia.

Usted ha afirmado en alguno de sus trabajos que una de las mayores fuentes de sufrimiento hoy está en la disparidad con la cual el goce de algunos impone el sufrimiento de otros. ¿Cómo es eso?
Uno de los aportes más importantes de Marx fue plantear un pensamiento liberador para el conjunto de la humanidad. Creo que el goce de algunos sobre el sufrimiento de otros es lo que ha erradicado la noción de felicidad en la humanidad, porque ni siquiera los que gozan son felices. Ellos mismos están atrapados en la inmediatez, en la fugacidad, en la obsolescencia planificada de todo lo que está ocurriendo. Con lo cual es verdad que el goce de unos implica el sufrimiento de otros, pero ninguna accede a la felicidad, a lo que ese concepto significa como convicción profunda acerca del sentido de la propia vida. Hay una cuota de deshumanización y de  des-subjetivación que aparece de manera permanente y que lo registra perfectamente en este momento el cine y la literatura, en especial de los Estados Unidos. El señor y la señora Smith es una película patética, que muestra cosas horribles de esa sociedad. O Secretaria ejecutiva. Los filmes que tienen que ver con la competencia son en ese país de una crudeza brutal y en general muestran procesos muy severos de pérdida de la subjetividad y una gran deshumanización. Yo tengo particular preocupación por recuperar la idea de que para construir una nueva sociedad no basta sólo con paliar la pobreza, que sin duda es un deber inexcusable, sino que hay también que recuperar un proyecto de felicidad para la humanidad. Nunca fue más clara y oportuna la consigna de socialismo o barbarie. El humanismo en el sentido profundo es hoy un planteo absolutamente actual, porque quien ha producido el mayor nivel de daño a la subjetividad, de desconstrucción de lo humano ha sido el capitalismo. Y de una manera feroz.

El mundo globalizado se vendió a la conciencia de los ciudadanos del mundo como una recuperación de la libertad. ¿Qué dice de eso?
El otro día se me ocurrió una definición de la libertad. Se es libre cuando se puede poner en correlación nuestra potencialidad con la acción. Ese es un momento de libertad y de felicidad. Para ejercer la libertad tienen que darse ciertas condiciones. La sociedad actual pretende que uno asuma una sola opción. El pensamiento único intenta generar en los seres humanos la idea de que no hay más que un modelo. Esa es la pérdida absoluta de la libertad. La libertad es siempre posibilidad de elección, decía Sartre, aunque sea entre dos opciones, aunque sea entre la vida y la muerte.

¿Qué es lo que se ha roto en la sociedad, y hablo especialmente de la Argentina, para que hayamos llegado a esta situación.
Se ha roto el pacto intersubjetivo que nos liga al semejante. Es en la relación con el otro, en la posibilidad de sentirse parte de un conjunto humano guiado por intereses compartidos y por leyes que rigen la vida de modo no arbitrario, que encontramos seguridad y estabilidad psíquica. La angustia de muerte sólo se puede paliar con proyectos que trascienda el hoy: los hijos dan permanencia, pero para que ellos nos reaseguren es necesario que sepamos que van a sobrevivir no solo biológicamente sino en el marco de posibilidades que permitan que algo de nuestras representaciones sobrevivan. Y esto se inscribe en el orden de un proyecto histórico, de una iniciativa que involucre a todos los sectores de la sociedad y que sea capaz de articular una reidentificación entre sus miembros que no se limite solo al dolor, al sufrimiento compartido. Creo sinceramente que esas posibilidades de recomposición existen en este país, que a pesar de todos los golpes que ha recibido mantiene intactas muchas de las reservas ideológicas y morales que acumuló a lo largo del siglo XX. De esas reservas esperamos que surja el impulso de ese proyecto que nos convoque como personas plenas a la construcción de un lugar de pertenencia justo y solidario, articulado sobre una subjetividad donde el valor ético fundamental sea el respeto a la condición humana.